Thailandia, impresiones de un País. Bangkok

 

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AUTOR:  José Enrique González (www.JoseEnriqueGonzalez.com)

Agosto 1.983

 


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Son las nueve de la mañana y nos encontramos en el precario aeropuerto de Katmandú intentando facturar nuestros equipajes, para tomar el vuelo TG-312 con destino a la Capital de Tailandia, la gran Bangkok.


                                                     

   Embarcamos puntualmente y despegamos a las 12,10 y, al poco tiempo, las azafatas, vestidas con trajes orientales de seda, nos ofrecen orquídeas como bienvenida, comunicándonos que tendremos barra libre, tanto en bebidas como en comidas, durante el vuelo.

    El habitáculo del avión se encuentra totalmente enmoquetado, los asientos son amplios y cómodos y, junto con el exquisito trato, hacen que esta línea aérea, Thai Air Line, esté considerada de las mejores del mundo.

    El almuerzo lo hacemos a bordo y lo acompañamos con champagne y con delicioso té en la sobremesa.

   Proseguimos el viaje hacia nuestro destino, encontrándonos en el asiento contiguo una curiosa tijeras plegables al parecer del compañero que llegó a su destino.   Aterrizamos en Bangkok a las 17,20 con un tiempo monzónico y un ambiente muy cálido y húmedo.

    Poco antes de aterrizar nuestro guía nos aconseja que, a la llegada, no demos muestras de impaciencia durante los trámites aduaneros, ni que nos riamos, pues daría  pie a sospechas, con las consecuentes molestias de indagaciones y esperas, así como tampoco hacer bromas con lo que se lleva encima o en los equipajes, pues las comprobaciones pueden durar horas de retención para todo el grupo.   Aún así, cuando llegamos al vestíbulo para realizar los trámites pertinentes, una pareja de gay se tambaleaban entre risas y tonos altos, chistes y graciosos comentarios, pues como en el vuelo todas las bebidas estaban incluidas, no se controlaron al pedir y, como resultado de lo ingerido y la diferencia de presión en las alturas, provocó esta situación descontrolada, y que dio como resultado la retención de los dos jóvenes por las autoridades del aeropuerto.     Suerte que no pertenecían a nuestro grupo, por lo que pudimos seguir con los visados, disimulando la sonrisa al oír y ver la divertida situación hasta que fueron retirados a estancias policiales.

                                 

Conforme accedíamos a un gran vestíbulo, unas tailandesas nos agasajan, en señal de bienvenida, con unos preciosos collares de flores de intenso olor y gran belleza,  nos hacen unas fotos y, después, confeccionan un bonito plato rectangular que incluye la foto, como recuerdo de nuestra  llegada a la ciudad de Bangkok.     

   Tras los trámites de llegada, visados y recogida de maletas, nos trasladamos al hotel en un autocar empezando a tomar así el primer contacto con la gran ciudad.        El hotel tiene un magnifico porte, muy alto y con respetuosos y atentos personal, y muy lujoso en las partes comunes que vemos a la entrada, en el vestíbulo y salones contiguos.                 

   Nos asignan una habitación en la planta 11ª una de cuyas paredes está ocupada por un gran ventanal a través del cual se nos presenta una espectacular vista panorámica de la ciudad.   El equipamiento de la estancia es muy bueno, de acuerdo con el precio que ronda las 7.000 pesetas por noche.

    La ciudad de Bangkok, capital del reino de Siam desde 1782, tiene una enorme extensión y la ocupan unos cinco millones de personas, más las que acuden cada día a trabajar, procedentes de los núcleos próximos.    En el trayecto hacia el hotel ya padecimos el caótico tráfico de esta vibrante y calurosa urbe.   En las calles se mezclan los estilos europeos y orientales, conviviendo entre el frenético tráfico, las masas de personas y los monjes budistas con sus túnicas azafrán, pidiendo entre las grandes caravanas de vehículos.   Los templos se suceden entre extensos jardines de frondosa vegetación, modernos edificios de oficinas y bloques de viviendas.

                                    

   El río, entorno al cual se desarrolla la ciudad, el Chao Phraya, soporta  un intenso tránsito de barcazas, taxis acuáticos y pequeñas embarcaciones, en todas direcciones.   Próximas al centro, hay comunidades que viven en barcazas flotantes, acondicionadas para viviendas y que usan técnicas ancestrales de pesca para consumo propio.

    El país está situado en la zona tropical y, en esta época, Agosto, estamos en la estación lluviosa que se caracteriza por abundantes chubascos y unas altas, lo que provoca una evaporación asfixiante que deja las ropas húmedas y pegadas al cuerpo durante todo el tiempo, y que nos hace buscar las sombras en todo momento.

    Por la noche, el gran ventanal de nuestra habitación nos ofrece un espectáculo distinto, una vista nocturna de la gran ciudad, llena de luces que se aprecian incluso con las fuertes lluvias monzónicas y que caen acompañadas de un impresionante aparato eléctrico, iluminando generosamente el oscuro cielo, produciendo un espectáculo único y sobrecogedor, acompañado del estruendo de los truenos, y los frecuentes chaparrones.

    El comienzo del primer día en Bangkok se nos presenta con un cielo radiante, azul y luminoso, lo que nos levantó el ánimo y lo comenzamos con ilusión bajando a un gran restaurante para desayunar.

   El recinto está dividido por elementos decorativos, en zonas más pequeñas y acogedoras, no dando la impresión de una gran superficie diáfana y homogénea.

    El desayuno que solicitamos fue el llamado continental y que es muy abundante, no faltando huevos, salchichas, tostadas, frutas, café, mermeladas, etc. tras el cual, iniciamos las visitas programadas en un lujoso autocar provisto de un fuerte aire acondicionado, que nos conduce a través de las concurridas calles en dirección al Gran Palacio, El Palacio Real. 

   El camino es en todo su recorrido motivo de admiración, edificios de exóticos diseños, pagodas espectaculares, parques y jardines con vivas y variadas floraciones, miles de coches circulando por todas las vías, y multitud de personas moviéndose en todas direcciones.

                                                   

   Una colosal construcción con doradas cúpulas se nos presenta ante nosotros, es el Palacio Real que data del 1.782 y que, en realidad, es un gran recinto protegido por murallas, donde se encuentran una serie de palacios conservados perfectamente, cuya decoración se basa en azulejos de vivos colores, cerámicas y remates en dorado.

 

                                                        

   Se alternan los grupos escultóricos de guerreros, extrañas columnas, y macetones con viejos y artísticos bonsáis repartidos entre los espacios que separan los palacios, y en cuyas sombras procurábamos pararnos a escuchar las explicaciones de nuestro guía.

    El calor es tan sofocante que, para cruzar de un edificio a otro, aunque la distancia no fuera de importancia, lo hacíamos corriendo para evitar la exposición directa al abrasador sol.

                                

                           

   Mientras atendíamos, vimos a una oportuna vendedora de sombrillas realizadas en caña de bambú, de forma manual y con unos vivos colores y dibujos de características orientales.   Casi por necesidad compramos dos distintas y las empezamos a usar inmediatamente, proporcionándonos un considerable alivio al protegernos del implacable sol y disminuir el sofocante calor, siguiendo así la visita con más comodidad.

                                                             

                                                           

Dentro del gran recinto amurallado se encuentra un gran edificio, que es el templo  más interesante, dedicado al culto del Buda Esmeralda, llamado así por su color, ya que está tallado en jade y se realizó en el siglo XV, tiene unos 65 cm. de alto y su túnica está decorada con diamantes.

    La entrada a este templo está custodiada por dos enormes figuras de vivos colores y aspecto demoníacos, que son los guardianes del templo, y cuyos ropajes se encuentran recubiertos por pequeños espejos sobre un fondo dorado.

    Impresionante es también la visita al Salón del Trono, maravilla de trabajo artesano y de combinaciones de colores en los mosaicos, algunos dorados, otros de espejos.

                                                

Casi desde todos los puntos de estos cuidados jardines, se divisan la estilizada silueta de un par de cúpulas doradas de unas pagodas que sobresalen de las demás.   La principal está recubierta de oro y contiene, a título de relicario, un trozo del esternón de Buda.

    El otro gran edificio es el Palacio real que fue levantado entre  1.868 y 1.910, y sus grandiosos salones tienen una decoración exquisita, muy barroca y bellamente decorados.

  El salón del Trono presenta un aspecto sobrio y lujoso a la vez.   El trono en sí, está realizado en madera de teca con incrustaciones en nácar, y se sitúa en un nivel suficientemente alto como para facilitar al Rey el bajarse de su elefante.

    Otra de las edificaciones, de claro estilo francés, es la residencia del príncipe heredero.

    Todo el jardín amurallado presenta edificios y esculturas magníficas, descubriendo a cada paso un nuevo elemento digno de contemplación.

    El calor nos debilita y el cansancio nos hace desear salir de aquel horno en el que, al darte directamente el sol en la piel, se siente como la quema intensamente como nunca antes había sentido.

                                                   

    Como anécdota nos cuentan que este gran recinto, una Ciudad Real, fue abandonada debido a un sueño que tuvo la Reina, en el que se le reveló que debía cambiar de residencia, y así se cumplió, aunque probablemente fue impulsado por un deseo de disfrutar de otras comodidades y nuevos lujos

   Regresamos al hotel para el almuerzo en el autocar que esperaba pacientemente nuestra salida del Palacio.   La temperatura dentro del vehículo, era extremadamente baja, lo que es preocupante por los bruscos cambios que pueden provocarnos un buen enfriamiento.

    En estas latitudes amanece muy temprano, y a las siete de la tarde ya se hace de noche, lo que nos induce a salir a primera hora de la tarde, para aprovechar la luz solar.  Tomamos un taxi en la puerta del hotel, también con una temperatura gélida en su interior, en contraste con el agobiante calor del exterior.   En la parte trasera de los asientos delanteros, una banda de plástico transparente sirve de soporte de bastantes fotos en color, de chicas ligeras de ropa, con facilidad de acceso a las habitaciones de los hoteles.

   El tráfico es muy intenso, circulando lentamente nos dirigimos hacia el centro de la ciudad y disfrutamos contemplando a nuestro paso, las interesantes vistas de originales edificios, decoraciones de los comercios, floridos jardines, multitud de personas por todas partes, etc.

   Ya en nuestro destino, nos encontramos a la hora acordada con nuestro guía y algunos de los integrantes del grupo.   Caminamos juntos hasta llegar a una zona peatonal que pertenecía al barrio chino local, donde los locales derrochan lujo, y los neones, anuncios e invitaciones personales inducen a la lujuria.

   Chicas muy jóvenes, a torso desnudo, cruzan de un local a otro entre risas y miradas insinuantes y, en algunos de estos locales, pequeñas piscinas transparentes llenas de gel de vivos colores en unos casos, y de barro en otros, sirven de escenario a danzas o luchas entre las chicas prácticamente desnudas, entreteniendo así a los clientes que, complacidos, invitan a que las chicas sigan embadurnándose en el espeso elemento.

    Altos edificios con todas sus plantas dedicadas a aparcamientos son frecuentes en la zona centro, dejando ver cientos de lujosos autos aparcados en sus diferentes plantas.

   Conforme avanza la noche, las calles se llenan de gentes y el bullicio prevalece sobre la música de los locales, viéndose muchos turistas que miran con curiosidad, y otros que buscan diversión o juegos.

     Esta noche cenamos todo el grupo juntos, en un lujoso restaurante del centro de Bangkok decorado con motivos navales y maderas.

  Los amables camareros nos aconsejan en ingles, pero nuestros deseos ya tenían confeccionado el menú: Comenzamos con una crema de cangrejos, muy caliente, unos entremeses variados de carácter oriental, y como principal pedimos la denominada “cesta gril” consistente en algo más de tres kilos de marisco vivo, entre cangrejos, cigalas, langostinos, almejas, mejillones, ostras, langosta, etc. y que solicitamos para los dos.   La sobremesa la pasamos saboreando una taza de té y compartiendo experiencias sobre este exótico país con el resto de los comensales.

   El precio de la cena para dos, fue de 700 bath, unas 4.900 pesetas.

    Al día siguiente nos despiertan a las 7, pues tras el desayuno continental de cada día, tenemos que salir en nuestro autocar en Bangkok que está muy bien equipado con aire acondicionado orientable individualmente, asientos reclinables, música, un pequeño servicio, porta vasos, etc. (elementos poco usuales en 1.983), y con atenciones como ofrecer a la vuelta de cada visita, toallas húmedas y frías con un agradable perfume, para refrescar nuestros sudorosos rostros, y refrescos con hielo para calmar la sed y el sofocante calor de la calle.

                                          

Partimos dirección al famoso Mercado Flotante situado a unos 120 Km. de la ciudad cruzando las concurridas calles, hasta llegar a la autopista donde se consigue circular a un ritmo más constante, aunque muy lento para nosotros, ya que no llega nunca a los 70 Km/h. a pesar de tratarse de un vehículo nuevo, pues creemos que se debe a normas de circulación.  

    El camino está lleno de cocoteros y, al poco tiempo, nos desviamos para adentrarnos en una selva de cocoteros de brillante color verde y de amarillos frutos.   Descendimos y andamos respirando el fresco aire de la mañana, pues en poco tiempo empezaría a ser sofocante, llegamos a una edificación realizada con troncos de gruesos árboles, y listones de madera en el suelo, donde nos explican que se trata de una fábrica de azúcar de coco, perdida prácticamente en el mar de cocoteros, y rodeada de vegetación por todos lados.

    Probamos el azúcar, muy dulce y con un ligero sabor a tostado, y también un curioso y efímero licor que allí se produce extrayéndolo del coco, de apariencia transparente, de agradable sabor, y que tiene la  peculiaridad de durar solo 24 horas, tras las cuales pierde su sabor y no se puede tomar.

    Ante nosotros, un joven trepa por un alto cocotero hasta llegar a los frutos, los separa, los corta y los deja caer para, una vez abajo, les corta una corona en la parte superior del coco para introducir una cañita y ofrecérnoslo, disfrutando así del fresco y dulce agua contenida en su interior, reponiendo el líquido perdido por la fuerte evaporación provocada por las altas temperaturas.

   Una vez consumido el preciado líquido, un nativo nos pide los cocos y, tomando uno en una mano y un machete en la otra, lo golpea con el afilado instrumento, de forma que le separa una corona en su parte superior. De este modo consigue dejar accesible toda la lechosa pulpa blanca que, mediante una cuchara metálica recubierta de porcelana decorada, saboreamos tan agradable manjar, natural, fresco, dulzón y tan energético.

   De la flor del coco se procesa el azúcar, de la pulpa se extrae aceites, zumos o se consume directamente, de la piel se fabrican alfombras similares a la de esparto.

   Compramos algunos recuerdos entre los que se encuentran algunas postales, unas sombrillas decoradas a mano y realizadas con un armazón de caña y una cuchara metálica recubierta de porcelana decorada, que usamos para tomar la pulpa del coco fresco que nos recolectaron para refrescarnos, y que pasó a formar parte de los recuerdos de este exótico destino.

    Continuamos la excursión hasta llegar a un embarcadero, donde nos esperaban dos largas canoas manejadas por sonrientes conductores y que manipulaban hábilmente los mandos de la hélice de la embarcación, situados en el extremo de un largo vástago metálico, de 1,50 metros aproximadamente, y movida por potentes y ruidosos motores.   Con el movimiento del brazo introduce a mas o menos profundidad la hélice, y con el desplazamiento hacia izquierda o derecha, manejan la embarcación rápida y hábilmente por las oscuras aguas, entre la multitud  de barcazas que se desplazan de un sitio a otro con sus cargas de mercancías o personas, ya que se trata del medio normal de locomoción de los habitantes de los palafitos que pueblan el río.

    Cada canoa fue ocupada por siete personas que, una vez acomodadas, comienza a desplazarse rápidamente por las movidas aguas, haciéndonos sentir el aire refrescante en nuestros rostros, y haciéndonos vivir un documental en directo, al ver desplazarse por nuestros lados las masas verdes de la gran vegetación de las orillas, y el paso rápido de los palafitos donde los niños juegan y se tiran para bañarse a las concurridas aguas, mientras otras personas se lavan, lavan la ropa o hacen su vida normal al aire libre.

                                   

   Algunas de las edificaciones ubicadas en las orillas, construidas todas en madera, se destinan a tiendas y, algunas canoas más pequeñas que la nuestra, están dedicadas al transporte de frutas, hortalizas, cocos, etc. para llevarlas a los mercados.   Otras, portando unas pequeñas cocinas de carbón o leña, junto con algunos utensilios de cocina, constituyen pequeños restaurantes flotantes, donde se preparan distintas especialidades gastronómicas y que, desde otras barcas que se aproximan lentamente, adquieren el original menú, frecuentemente sobre anchas y verdes hojas a titulo de platos, preparados en tan originales restaurantes flotantes.

                                            

Tras un largo rato de circular a alta velocidad por el río rodeados de selva, llegamos a un muelle de troncos de madera con una amplia cubierta vegetal, donde se ubican un grupo de tiendas construidas con madera, y desde la que se contempla un espectáculo único, plástico y colorista  de cientos de canoas, con mercaderes cubiertos con sombrillas multicolores y sombreros de paja de arroz, teñidos todos en color azul  y que venden, cambian o regatean por los géneros que venden, tan variados como ropas, comidas preparadas o exóticas frutas de llamativos colores, contrastando con el verde dominante de la selva y las oscuras aguas del río Chao Phaya.

                                

Es mediodía y en el aire flota un agradable olor a picantes comidas, que se pasan de canoa a canoa desde la que se cocina.   En los tenderetes de las rusticas tiendas, se esfuerzan por vendernos cualquier género, de los que adquirimos un par de camisas, trabajadas a mano, y una bata de seda bordada con motivos exóticos de vivos colores.   Curioseamos las manualidades expuestas hasta que volvimos a nuestra canoa para regresar deslizándonos a mucha velocidad, y sorteando las demás embarcaciones, respirando el aire con olor al agua movida y a aromas provenientes de la frondosa  vegetación.

    A nuestro paso vemos a algunas personas lavando platos y otros utensilios en las aguas del río, otras personas lavan sus ropas mientras alegres niños se bañan chapoteando en las proximidades de sus viviendas.   Hay chicas que se bañan con sus vestimentas puestas, pues una vez que salen, se secan en pocos minutos por las elevadas temperaturas reinantes en esta época del año.

    Al desembarcar, nos acompañaron a un pequeño teatro de forma circular, en el que asistiremos a una exhibición  de distintos tipos de serpientes, siendo bastante desagradable, las habilidades demostradas de la serpiente saltadora, pues un domador, con varias en sus brazos, situándose en el centro del recinto,  las lanza al público en todas direcciones, provocando la alarma entre los espectadores y la huida de la mayoría, cosa que les produce risas, a pesar de quedarse sin público.

    Seguimos nuestra excursión en el moderno autocar, dirigiéndonos al Jardín de las Rosas, mientras nos relajamos del agotador calor húmedo del exterior, y nos refrescamos con unas bebidas bien frías que nos ofrecen a la entrada al autocar.

   Cómodamente sentados, vemos pasar un fantástico paisaje  de frondosa vegetación, con gran luminosidad   y exotismo.

El Jardín de las Rosas es una especie de parque de atracciones, a lo oriental, donde se encuentra un bellísimo jardín que presenta una extensa colección de las más bellas rosas, y que es propiedad de un ministro tailandés.

   El entorno irradia belleza, tranquilidad y color, rodeado de exuberante vegetación y flores de vivos colores, y con todo tipo de instalaciones realizadas en madera que las integra perfectamente en el paradisíaco jardín. 

   A nuestra llegada, nos dirigimos a un lujoso restaurante donde nos sorprendió la calidad y el gusto de un delicioso menú tailandés, al cual acompañamos de una refrescante jarra de cerveza y, tras los postres, un reconfortante té muy caliente.

   Una agradable conversación acompañó la sobremesa, después de la cual,  fuimos a un gran salón de exhibiciones, donde la madera y el bambú son los elementos predominantes en la decoración, y que se encuentra equipado con muchos ventiladores de gran tamaño situados en el perímetro de la gran sala, y que remueven el caliente aire que nos agobia y sofoca.

   Sudando y cansados tomamos asientos envueltos por un húmedo ambiente y aliviando el calor con una especie de abanicos de cartón que sólo conseguían darnos una sensación de brisa caliente.    Hacemos un esfuerzo para superar el sueño almacenado tras días de descansar muy poco, el calor y el sopor del almuerzo.

   El recinto está lleno de público y, sobre el escenario, aparecen grupos de chicas ataviadas con vistosos vestidos de vivos colores y dorados y artísticos tocados, y que actúan representando bailes ancestrales llenos de gestos, mímica, color y romanticismo.    Una exhibición sobre boxeo y lucha tailandesa preceden a otra sobre sus costumbres populares y bailes acrobáticos, sorteando a grupos de cañas de bambú, entrelazadas y manipuladas por dos grupos que las cruzan al ritmo de la música, mientras que el bailarín salta evitando ser atrapado por las largas cañas, mientras gotas de sudor hacen brillar sus sonrientes caras.

El sopor provocado por sueño y el intenso calor nos adormece, por lo que, aprovechando un pequeño descanso, me dirigí a una barra de bar recubierta de cañas, donde solicité dos zumos de frutas variadas, que me fueron extraídos y servidos en unos originales vasos realizados en trozos de caña de bambú, cortados por la parte baja de cada nudo, y como contraste a tan ecológicos recipientes, nos colocan unas cañitas de plástico de llamativos colores para absorber el delicioso líquido, cuyo sabor se potencia en nuestros paladares por el exotismo del entorno, los sonidos de los pájaros, de los pavos reales o los elefantes, el color y la luz especial de Tailandia.   Tanto nos llamó la atención los vasos de caña de bambú, que los transportamos hasta casa como recuerdo.

   Visitando el cuidado jardín, llegamos a una zona donde hay unos grandes badenes llenos de agua, con una profundidad aproximada de 1 metro, donde están demostrando el grado de adiestramiento de los elefantes, con varios ejemplares mandados por sus cuidadores y que hacían alarde de su fuerza y habilidad,  transportando gruesos troncos de árboles, por el agua, y pasándolos de un lado al otro con ayuda de sus largos colmillos y la destreza de sus trompas.

   Los gritos firmes y concisos de los cuidadores retumban en el silencio del admirado público, mientras las moles de músculos realizan las órdenes fielmente y con una precisión de milímetros.    Sorprendidos, aplaudimos.

                                          

   Más adelante, un agradable y relajante canto nos atrae hacia un grupo de tailandeses haciendo música con trozos de caña de bambú con semillas secas en el interior de las mismas, y que al ser agitadas producen agradables sonidos que, unas niñas vestidas con trajes típicos multicolores y muy brillantes, se encargan de representarlos con suaves y sugerentes movimientos, y con sus finas caras maquilladas, luciendo esbeltos y artísticos tocados, realizan la danza lenta y artísticamente.

    Agotados y somnolientos nos apresuramos al autobús al final de la visita para reponernos con el fresco aire, y descansar dormitando sobre el cristal de la ventanilla, todo el trayecto hasta la llegada al hotel, ya de noche, y con un cielo poblado de negras y amenazantes nubes.   Subimos a la planta sexta, donde se ubica nuestra habitación, con objeto de ducharnos y prepararnos para la cena, descorremos las amplias cortinas que ocultan el gran ventanal, y contemplamos un espectáculo único.           

    Una luz cegadora entra en la estancia y comienza una sinfonía de relámpagos a iluminar la oscura noche de Bangkok.   Los truenos comienzan a ensordecer nuestros oídos, mientras acompañan a los numerosos rayos que parecen caer sobre la ciudad.     

   Un fuerte aire templado precede a una copiosa lluvia que se incrementa por momentos, y cae tan torrencialmente, como nunca habíamos visto antes.    Es el monzón.

Los altos edificios se iluminan con la azulada luz de los relámpagos que entra en nuestra estancia, parpadeante y amenazadora, admirando esta manifestación tan poco usual para nuestras latitudes.

    Al día siguiente, 13 de Agosto, amanece con un cielo reluciente y limpio, sin ningún vestigio de las inclemencias de la noche, por lo que, tras el habitual desayuno, comienza la exploración de la ciudad, tomando un taxi en la misma puerta del hotel.   El taxi tiene el habitáculo bastante frio, por el fuerte aire acondicionado que suelen tener funcionando a todas horas, y fijadas a la parte posterior de los asientos delanteros, se ven una colección de fotos de chicas, ligeras de ropa y con insinuantes gestos, cada una con un número que las identifica.

    Llegamos a la zona centro donde comenzamos a andar por las calles llenas de gentes, donde vemos multitud de tiendas curiosas, mercadillos y vistosas vitrinas de restaurantes y bares, repletas de ricas viandas desde las más tradicionales a las más exóticas.

    Teníamos referencia de unos buenos grandes almacenes, llamados Bee Thailand,  donde comprar los obligados regalos familiares, y aún desconociendo su situación exacta, teníamos la idea de la zona de emplazamiento, por lo que caminamos en ese sentido disfrutando a cada paso, e intentando conocer los comercios populares, incluso un mercado a abastos que ocupa todos los bajos de una manzana de pisos.   A la entrada nos quedamos observando unos recipientes circulares de zinc, de más de un metro de diámetro, medio llenos de insectos vivos, parecidos a las cucarachas, de color marrón, y otros recipientes con gusanos de seda o parecidos.

   En la zona de las verduras, encontramos a la venta distintas plantas que habitualmente son ornamentales y que aquí se usan para alimento, como las llamadas colacacias, de anchas y verdes hojas, venenosas, y que los thai utilizan sus bulbos en la cocina.

    El aspecto del mercado era sucio y poco iluminado, con paredes y pilares sin pintar, y con un fuerte y desagradable olor que nos impide continuar visitándolo, por lo que seguimos nuestro paseo turístico, acusando el fuerte calor.   El único alivio para reponernos periódicamente, es entrar en las tiendas para perder algunos grados de temperatura, tomar algún refresco y elegir caminar por las sombras en todo momento.

 

   En una de las tiendas, está dedicada a antigüedades, compramos varias figuras representando a diosas en posturas características, realizadas en una pasta de marfil envejecida, y que aseguraban que eran antiguas, cosa que, debido a su precio, no nos preocupó en absoluto.

    Poco más de las 12,20 del mediodía, pasamos por unos jardines donde un pequeño restaurante tenía colocados unos veladores a la sombra de majestuosos árboles y, debido a la hora y a que localizamos una mesa libre, decidimos almorzar.

    La carta estaba sólo en tailandés, los camareros no tenían ni idea de otro idioma, por lo que, agudizando el ingenio, pasamos por las mesas de otros comensales, ojeando lo que tenían sobre ellas y, cuando percibimos que ciertos platos nos eran agradables a la vista, pues para nuestros conocimientos y paladar lo ignorábamos, Leny tomó de la mano a un camarero conduciéndolo entre las mesas, e indicándole con gestos simples las especialidades apetecidas.   Muy sonriente, da muestras de entendimiento y de conformidad, y en pocos minutos, nos encontramos deleitándonos con nuevos y desconocidos sabores, con aromas a especias y un toque de picante casi en todo.

   Con el fin de abreviar tiempo en los postres, indicamos al camarero, señalando a una gran cartelera que anunciaba jugosas naranjas, que deseábamos dos postres iguales de aquel anuncio.   Pacientemente esperamos pero, al contrario que con la comida, los postres no llegan.   Pasados unos 30 minutos, me dirijo al mostrador para reclamarlos, pero observo al camarero  que se encuentra extrayendo el zumo a minúsculas naranjas (kumquat) a mano, para llenar dos grandes vasos del néctar de tan laboriosa extracción, por lo que me volví a la mesa sin signo de impaciencia, y agradecimos el que nos hicieran tan trabajado postre, que pedimos sin saber en qué consistía.

    Seguimos haciendo turismo dirección a los grandes almacenes que nos indicaron, haciendo algunas paradas para aliviar el cansancio, una de ellas en una plaza donde había dos chicas occidentales sentadas en un banco, frente a nosotros.

Confiadas y amparadas en el idioma, al paso de unos chicos jóvenes, comenzaron a piropearlos con la libertad de expresión que la ignorancia de nuestro lenguaje les amparaba.   Cuando nos marchábamos, las saludamos deseándoles un buen día, lo que las dejó perplejas al saber que habíamos entendido todo lo que dijeron.

   La tarde caía y nuestro paseo por la gran ciudad no encontraba fin, intentamos hacerlo ameno observando todo a nuestro alrededor y sacando fotos de los monumentos y de las vistas atractivas que se nos ofrecían a nuestro paso.

 

Un sentimiento de aislamiento se apodera de nosotros al encontrarnos en un entorno en el que no se entiende nada de lo escrito en ningún sitio, pues todo está en caracteres thai, incluidas las cartas de los restaurantes, los anuncios, los indicadores o los nombres, lo que da una sensación de estar perdidos, aislados, de soledad y donde nadie te entiende, ni puedes comunicarte con nadie.

    La siguiente parada de descanso fue en una tienda de telas donde, además de ofrecernos los correspondientes refrescos en un fresco ambiente producido por los aires acondicionados, nos ofrecieron unas sedas pintadas a mano y unas artísticas batas de seda con bordados de brillantes colores, de las que compramos una para cada uno, y proseguimos el camino.

    Después de un par de horas, la enorme ciudad nos vence y desistimos de seguir el camino emprendido, por lo avanzado de la hora, el calor y el agotamiento.    Tomamos un taxi mostrando la tarjeta del hotel escrita en el idioma local, y comenzamos a circular por las concurridas calles, proporcionándonos una visión distinta y más general de esta fantástica urbe.

    En el hotel una ducha nos reconforta y nos da fuerzas para cenar, explorar la planta baja, llena de pequeñas tiendas, bares con diferentes ambientes y tenderetes de venta de recuerdos.

  Prolongamos la sobremesa visitando a un compañero de viajes que no se encontraba bien, por haber sufrido una indisposición durante la cena, estando ya mejor.  Hablamos un buen rato, vimos la TV del país que tiene cuatro cadenas, y nos retiramos a descansar, no sin antes contemplar desde la gran cristalera de nuestra habitación, el impresionante paisaje nocturno de la gran ciudad.

    Al amanecer, un cielo limpio, luminoso y de un azul intenso nos presenta otra variable de la vista sobre la urbe.   Miramos con cierta melancolía, despidiéndonos con la mirada del lugar donde hemos conocido otra forma de vivir, otras personas, otras costumbres y una geografía tan distinta de la habitual.

   Hoy es el día de nuestra marcha y, hasta nuestro traslado al aeropuerto, aprovechamos para visitar los alrededores del hotel, comprar los últimos regalos para los amigos, pasear entre los tenderetes y chiringuitos.

  Nos llama la atención unos pequeños carritos que, a modo de restaurantes ambulantes, ofrecen sus especialidades, entre las que se reconocían un arroz condimentado con muchas especias, una especie de cucarachas rebozadas o unas patas de pollos muy fritas, que las compras algunos niños y las comen, como golosinas, mientras caminan.

    Los últimos minutos de espera los empleamos en ver la televisión en el recibidor del hotel, hasta que fuimos recogidos para llevarnos a tomar el vuelo que nos llevará a Frankfurt, y desde allí, a Madrid.

    Ya en el avión, hice las siguientes anotaciones a título de curiosidad:

   Anochece a las 8 de la tarde, a las 11 nos ponen de cenar, y a las  2,45 de la madrugada hacemos escala en Karachi (Pakistan), no saliendo del avión por tratarse de una escala técnica, pero, para pasear algo, nos aproximamos a la puerta que se mantenía abierta para acceso de los servicios de limpieza y abastecimiento, sintiendo un fortísimo calor, lo que nos hace pensar que se trataba del aire impulsado por los motores, no siendo así ya que miramos y estaban situados detrás de nuestro emplazamiento.   Esta alta temperatura se debía a la climatología, que presentaba una altísima temperatura ambiente, a pesar de las altas horas de la noche.

    Un militar hace su guardia, con el arma entre sus manos, pues están en guerra y deben proteger la aviación civil.

  Cumplimentados los trámites de la escala técnica, el vuelo sigue su trayecto y, con objeto de regularizar el cambio de horario, nos ponen una cena a las 3,30 de la madrugada, tras la cual, intentamos descansar hasta las 9 de la mañana en que nos ponen un restaurador desayuno, y a las 10, miramos por las pequeñas ventanillas el tímido y lento amanecer que comienza a teñir de sonrosado, el limpio cielo que podemos ver desde nuestra situación.

 Sobre las 11,45 aparecen los primeros rayos rojizos de sol  que iluminan tímidamente algunas pequeñas nubes bajo nuestro plano, y que nos avisa del nuevo día.   

            Ya en Frankfurt tenemos que cambiar de avión, para lo que nos trasladamos por los pasillos mecánicos, consultando los datos de emplazamiento del nuevo vuelo en los numerosos ordenadores que están en nuestro paso, introduciendo, mediante el teclado, el número de vuelo se accede a la información disponible al respecto.

    Tenemos la sensación de estar en casa, a pesar de no entender alemán, pero el simple echo de ver letras conocidas, en vez de signos irreconocibles, nos da una tranquilidad y seguridad, que compensan el cansancio del cambio de horario y de tan largo vuelo.

   Llegamos a Madrid tarde y hacemos noche en esta ciudad para salir al día siguiente, dirección Sevilla,  mediante el tren Talgo que nos  trasladará en unas 6 horas a nuestra Ciudad.

    Nos cuesta aclimatarnos de nuevo al clima y dedicamos algún tiempo a ordenar los equipajes, intentamos hacernos al nuevo horario, y al día siguiente, partimos hacia Benalmadena, donde, al borde del mar oyendo el susurro de las olas,  tenemos proyectado descansar, relajarnos y empezar a disfrutar, recordando las experiencias vividas en este exótico viaje, y ordenando dichos recuerdos que ya nos parecen lejanos.

 

 

   Así sentí Tailandia, así sentí Bangkok 

 

 

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AUTOR: José Enrique González

 

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