del Bósforo y El Cuerno de Oro, así de la misma zona donde está emplazado, la plaza de Taksim, donde confluyen calles peatonales, llenas de luces, de tiendas, de multitud de personas en todas direcciones, algunas de estas calles cubiertas como el conocido Pasaje de las Flores, formando un Centro lleno de restaurantes que intentan atraer a sus locales a los clientes ofreciéndoles vinos, postres o golosinas gratis hasta que al final, se sucumbe a alguno para tomar un exquisito Kebak de cordero con abundantes verduras y algún pescado local de fuerte sabor a mar.

 

                                                                                                         

 

 Recorriendo estas calles, llenas de tiendas, fruterías repletas de verduras y frutas de gran tamaño, granadas como pequeños melones, puerros de más de un metro de longitud, castañas del doble tamaño de las que tenemos costumbre de ver, ect. comentándonos que las tierras comprendidas entre los ríos Tigris y Eufrates fertilizadas por el limo de los desbordamientos de ambos ríos, producen tres cosechas al año.

 

                                                                                  

 

   Curioso se nos presenta la forma de asar las castañas, de gran tamaño y semi peladas, de aspecto muy atractivo y de olor irresistible.   Otros puestos, a pesar de ser medianoche, venden pescado fresco y reluciente, procedente del Bósforo. Otros presentan la multicolor combinación de los compartimentos de las especias, desprendiendo un peculiar olor que se dispersa por el entorno produciendo una sensación de exotismo oriental.

   A pesar de la hora y del frío, es imposible resistirse a la tentación de adquirir algún reloj de marca famosa, algún perfume o algún bolso de alta gama, todos ellos perfectamente falsificado y a precios que no admitían discusión.

   Para terminar la noche, nada más confortable que acudir a la sala de fiestas del hotel antes mencionado, de nombre Mármara, y a su planta 20ª desde donde es sobrecogedora la panorámica nocturna de la Ciudad llena de luz, vida, coches moviéndose en el silencio que proporciona la distancia. Un piano suena y una susurrante voz acompaña la melodía en la penumbra. Situados junto al paramento de cristal que da a la calle, amables camareros ofrecen atractivos combinados exóticamente decorados y acompañados de cuenquecítos con diversos frutos secos  dulces y salados. Queremos que la noche no avance y se pare el tiempo para seguir en tan idílico lugar, pero el cansancio del largo viaje nos hace sensatos y, solicitando un taxis, intentamos llegar al hotel, pues los taxistas apenas conocen los lugares, algunas veces para aumentar el precio del recorrido, y otras veces por ignorancia ya que se puede hacer algunos trayectos a precio prefijado a pesar de lo cual difícilmente encuentran el destino deseado.

   La noche se acaba y el agotamiento invita a tomar una ducha para relajarnos unas horas y levantarnos temprano para continuar conociendo esta apasionante Ciudad.

   Por la mañana nos recoge una guía con un coche y su chofer, y comenzamos visitando el Mercado de las Especias, lleno de color y de olores exóticos ¡un espectáculo!   En las proximidades se encuentra la Mezquita Nueva, tan admirable como todas, cargada de decoración y con un acogedor ambiente de recogimiento y oración.

 

                                                                

 

    Seguidamente tomamos un barco para hacer un micro crucero por el Bósforo, lleno de personas y también de vendedores, nos acomodamos protegidos del viento y vemos pasar antes nuestros ojos la ciudad, mezquitas, palacios como el de Dolmabahce,

                                                                   

 

 de mediados del XIX dando al Bósforo una fantástica fachada de 600 metros y destacando en su interior una lámpara en el salón de recepciones de 4,5 Toneladas de peso y 750 bombillas, el puente colgante que separa Europa y Asia, ect. hasta la llegada a la parte Asiática de Turquía donde nos esperaba el coche para trasladarnos a un restaurante, estratégicamente situado, de grandes cristaleras con vistas al Bósforo, lleno de barcos en su paso obligado entre el Mar Muerto y el Egeo, previo el preceptivo cánon por la utilización del paso.

 

 

                                                               

 

   La mesa se llenó de multitud de platitos cada uno con una especialidad distinta que, pronto empezaron a circular entre los comensales.   Los sabores agri-dulces se mezclaban con los ácidos o casi agrios de los quesos o las ensaladas con yogur.   Los colores de las presentaciones forman un conjunto armónico que tapizan el blanco mantel de alegres variedades que son un gozo para la vista y un deleite para el paladar.   El vino, blanco, suave y transparente es un buen acompañante de la dorada que, seguidamente, nos ponen, de carne tersa y blanca y de muy agradable sabor a mar.   Los postres, de frutas naturales exquisitamente combinadas, aligeran un poco la ingesta y preceden al esperado café turco, dulce y fuerte y con un dedo de pozo que garantiza un aroma especial y un sabor muy estimulante.

   Para hacer más fácil la digestión, nos trasladamos a la zona más alta del entorno, desde donde nos quedamos impresionados al ver una panorámica de la ciudad, el Bósforo, las edificaciones más emblemáticas, los minaretes, las mezquitas y algún cementerio de pequeñas dimensiones y pocas tumbas observando que proliferan este tipo de enterramientos por muchos jardines y colinas, justificado por no poder enterrar a los muertos en diferentes planos verticales, por cuestiones religiosas, y por no practicar las cremaciones por el mismo motivo.

 

                                                            

 

   El chofer, atendiendo una orden dada en turco por nuestra guía, nos condujo hasta una zona bajo el gran puente colgante entre Europa y Asia en la que se encuentra el Palacio de Beylerbeyi y a cuyos jardines accedemos pasando por un largo y húmedo túnel abovedado que, frecuentemente, es utilizado para exposiciones aprovechando las hornacinas laterales empotradas en los gruesos muros de ladrillos rojizos.   Rodeado de jardines con multitud de magnolias y justo al borde del mar, se presenta majestuoso y espléndido, de sólida construcción en mármol y perfecta conservación.

   Tras una breve conversación de Ozgül, nuestra guía, con los responsables del acceso, nos abren el palacio y nos hacen una seña para que accedamos a él en una visita privada y, nada más entrar, al acceder al recibidor, quedamos atónitos por su tamaño, por la majestuosa escalera, las gruesas alfombras sobre las que se hunden nuestros pies al andar y una espectacular lámpara de ricos cristales que, colgada de la bóveda central, preside la entrada.

   La visita es una continua admiración, tanto por la edificación, como por el mobiliario, las alfombras, las lámparas todas de cristal tallado y, en algunos casos, con llamativos colores que a no ser por el entorno resultarían “chillones”, y que en su emplazamiento armonizan con el resto de los elementos.   Se suceden salas, habitaciones y salones suntuosos, de gusto oriental y gran tamaño que se ambientan en la época y que, junto con las explicaciones que recibimos, nos trasladamos en la historia y percibimos las vivencias de los ocupantes de antaño. 

   Concluida la visita, estrechamos nuestra amistad con Ozgül intercambiando experiencias personales, familiares, religiosas, etc. y prometiendo volver a vernos, bien en nuestra casa, bien en Estambul donde nos es imprescindible volver algún día para vivir otra vez entre estas maravillosas gentes llenas de amabilidad y de bulliciosa vida.

   El auto nos esperaba para trasladarnos dirección Europa, ya de noche, por lo que pedimos nos dejaran en el Gran Bazar, visita obligada de cualquier turista en Estambul, para hacer algunas compras y perdernos en sus calles cubiertas con bóvedas ricamente decoradas y repletas de tiendas y mercancías.

 

                                                                                            

 

   Nos despedimos con cierta tristeza y caminamos relajadamente en dirección al gran Centro de Compras compuesto por unas 5.000 tiendas en su interior, y por innumerables en el exterior, en el camino buscamos una oficina de cambio de moneda e hicimos una parada en unos aseos públicos “turísticos”, creemos que por estar empotrados en una antigua muralla, sucios, mal olientes, descuidados y donde nos cobraron 500.000 liras turcas por persona, por su uso.

   La entrada al Gran Bazar aparece ante nosotros como si de un Arco del Triunfo se tratara, majestuosa y rodeada de cientos de vendedores, en puestos provisionales unos y ambulantes otros, todos intentando vender las mercancías antes de que las personas accedan al recinto, retícula de calles cubiertas donde se hacen competencia las miles de tiendas establecidas, llenas de géneros de multitud de colores y de gran variedad de especies, desde ropas, latón o especias.

 

 

   A los lados de la gran puerta por la que accedemos, dos guardias, provistos de detectores de metales, custodian por la seguridad del recinto, al menos de una forma disuasoria, pues se limitan a mirar discretamente y pasar desapercibidos sin otro tipo de intervención.

   Paraíso para algunos y martirio para otros es lo que supone el Bazar, con abrumadoras ofertas e innumerables, repetitivas y continuas preguntas como: ¿Italianos?...¿Españoles?...¿Quieres ver...? y ofrecimientos de descuentos fabulosos, de vasitos de té o de aromático café turco.

   Las calles, cruzándose perpendicularmente las principales con las secundarias, con dibujos policromados en las paredes y en los techos, están clasificadas por tipo de mercancías, así en la principal están las joyerías con diseños de gran fantasía y originalidad, verdaderas obras de arte en plata, oro y piedras preciosas. Adquirimos varias piezas, siendo muy original y propia de la zona de Anatolia, una pulsera de unos 2 cm. De ancha, realizada mediante el trenzado de finos hilos de plata hasta formar una especie de tejido, flexible y de gran vistosidad.

   El regateo es obligado tras la degustación de té turco, de manzana o café ofrecido por cada comerciante, después de una relajada y amable conversación, llena de simpatía y cordialidad, preámbulo de la transacción comercial que interesa en ese momento.

   Un sin fin de objetos de regalos, bolsos de grandes marcas, prendas, degustaciones de pastelillos, venta de té, café, especias...oro, plata, antigüedades, ect.  colapsan nuestros sentidos que no saben donde mirar ni qué hacer.  Legados al agotamiento, buscamos una puerta concreta para salir en la dirección que nos interesa y, al salir, descubrimos que en los alrededores se encuentran instalados un número impensable de tenderetes con todo tipo de cosas, artesanos trabajos en cobre, bronce, móviles, artículos de electrónica, prendas de marcas conocidas, colonias de altos precios en ofertas irresistibles, todas evidentemente muy bien falsificadas.

   El paseo hacia el hotel ¡una liberación! La temperatura baja, la calle de ancha acera, relajada, el aire puro y libre de la opresión de las ofertas, nos serena y complace.

   A la llegada, el conserje de puerta, con librea y chistera negra que le una apariencia como tenebrosa, se apresura a abrirnos la puerta y, solícito, nos alivia del peso de las compras, apreciando entonces el esfuerzo realizado.

 

Descansamos algo mientras mirábamos las tragedias que ponían en la televisión pero, como la vida del turista es dura, a la hora acordada acudimos a la cita con unas compañeras de viaje para cenar juntos y explorar una zona de restaurantes que se asoman al llamado Cuerno de Oro.   La zona en sí ya constituye una atracción, las calles iluminadas por miles de pequeñas bombillas, dan un ambiente navideño a estas calles peatonales, repletas de restaurantes cuyos representantes ofrecen gratis bebidas, postres, café, etc. para que acceda a su local, con amplias marquesinas y ambiente festivo.   Tras rechazar cientos de invitaciones, accedimos a uno, conocido por nuestras amigas, y que, como los turcos, en general, cuando has sido cliente anteriormente, te tratan de una forma más amable y especial, con precios más ajustados que ya no hacen necesario el regateo tan exhaustivo, siendo objeto de múltiples atenciones y de detalles especiales.  Curioso fue que nos quitaron los abrigos y se los llevaron al guardarropas, casi en contra de nuestros deseos, por agradar, claro, y nos colocaron las servilletas a cada comensal en la forma que tiene costumbre el restaurante.   Nos obsequiaron con una botella de vino blanco frío, bastante bueno, mientras nos llenaron la mesa de entremeses de todo tipo, mientras degustábamos aquella variedad gastronómica, casi toda aderezada con salsa de yogur, seleccionamos el plato principal entre varias especialidades casi todas compuestas por pescados del Bósforo, casi vivo y de delicioso paladar.

 

                                                               

 

  La presentación perfecta y los sabores peculiares y muy agradables. A continuación, los postres, con una presentación estética impecable, compuestos con frutas naturales para cada comensal, y una fuente común para todos por gentileza del propietario del local.

   Junto a nuestra mesa, seis hombres turcos degustaban gigantescas “bocas rusas” dispuestas en una formación con apariencia de fuente, entre verduras y cascadas de grandes langostinos, que al principio confundimos con un centro de mesa para pasar a la admiración al ver que se trataba de un plato elaborado como una verdadera obra de arte. Para acompañar estas delicias, la bebida popular llamada raki, servida  en vasos largos presentando un líquido de apariencia lechosa resultado de mezclar el aguardiente con agua fría, de agradable sabor dulzón que ayuda a digerir los alimentos.   La noche se animó y llamaron a unos músicos que amenizaron la cena con extraños instrumentos y fuertes cánticos locales.

   El público, terminando sus cenas, fueron abandonando el local en el que quedaron sólo dos mesas ocupadas, la de los turcos y la nuestra.   Los primeros, animados por el raki, empezaron a bailar sosteniendo en la cabeza uno de los vasos con la bebida incluida, sin derramarla, mientras que los músicos, que tomaron asiento entre los lugares libres de nuestra mesa y la de ellos, subían de tono sus cánticos que nos inundaban y contagiaban de ritmo y música, trasladándonos en nuestra imaginación al sitio donde se encontraban nuestros cuerpos, recordándonos que ese sueño lo vivíamos en la realidad, aunque se nos hacía difícil comprender tanta fantasía hecha realidad.

   Al té de manzanas también fuimos invitados y, cuando salimos de nuestra fantasía, fuimos vestidos y preparados amablemente, entre frases de agradecimiento y de buenos deseos, para afrontar la lluvia que caía en la noche iluminada por cientos de bombillitas, alegría y admiración.   Iniciamos un paseo bajo los paraguas, cuesta arriba y sorteando los ríos de agua que bajaban desde el comienzo de la calle, dirigiéndonos hacia el hotel donde, a nuestra llegada, el conserje repite otra vez el rito de cortesía y amabilidad, con su levita, chistera negra, sonrisa abierta...

   Así sentí Turquía.                                            

 

 

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