El acceso está configurado por medio de largos túneles, muy estrechos y bajos, por los que hay que andar agachados y en fila india, lo que dificultaba el asalto y facilitaba la eliminación del enemigo desde unos orificios practicados en la parte superior por donde golpeaban con facilidad con lanzas hasta disuadir al intruso, especialmente al llegar a un estrechamiento taponado con unas grandes piedras circulares de hasta 500 Kg. De peso, talladas in situ, que giradas y convenientemente calzadas, ofrecían la seguridad requerida impidiendo el progreso de la intromisión.

 

                                                       

 

  Las viviendas desarrolladas en las zonas altas de las masas volcánicas, son confortables y constan de varias habitaciones, incluso algunas con balcón o terraza, recubiertas en su interior, por alfombras multicolores, tanto las paredes, como los asientos o mesas excavados en la roca,

 

                                                     

 

 y como muestra de la hospitalidad de este pueblo, a nuestra visita a una de estas viviendas, lo primero que hicieron fue  agasajarnos  ofreciéndonos un reconfortable té turco, mientras se nos empapaban nuestros sentidos de un sentimiento de paz y soledad que nos traslada en el tiempo y produce una extraña sensación de tranquilidad y melancolía, tal vez por el cansancio o por lo desolado de una zona tantos siglos habitada por personas que tantas dificultades y persecuciones padecieron.

 

                                                             

 

   Los sistemas de almacenamiento de agua se solucionaron mediante pozos artesianos, tallados literalmente en la roca, y con hasta 40 metros de profundidad, y que practicando orificios en los distintos niveles, servía de ventilación para las zonas próximas   Otros agujeros servían de ventilación directa y como intercambiadores de víveres y animales en épocas de tranquilidad, y se obstruían en épocas de peligro.

   El paisaje exterior, todo nevado con apariencia de ser una gran alfombra blanca, se tiñe de un color rojizo por los rayos del sol, cuando con la intención de reponer fuerzas, accedemos a una antigua Posada, convertida hoy en un buen restaurante mediante la reconstrucción de la primitiva de épocas pasadas, situada y usada en la Ruta de la Seda, floreciente comercio entre Oriente y Occidente, de la que se conserva algún muro y la puerta de acceso.

 

                                                                  

 

   

 

 Los techos de vigas de madera tallada, la configuración de los elementos nos recuerdan los numerosos mercaderes que la habitaron y que tantas aventuras protagonizaron en su época.

   El servicio es eficaz y nos sirven en unos grandes platos de cerámica, con dibujos clásicos de Iznik (Nicea) tan delicados y artísticos que no nos resistimos a fotografiar.

 

        

 

   Terminada  la reposición de fuerzas culminando el almuerzo con un buen café turco, nos encontramos al salir con un paisaje rojizo, que se pierde en el horizonte, inmenso.

 

                                                                   

 

 A pocos metros de nosotros, unas mujeres sentadas rodeadas de nieve, hacían labores confeccionando paños y tapetes para su venta.  Próximos, unos cobertizos aguantando la inclemencia del tiempo, se presentan repletos de recuerdos para llevar, manualidades, trozos de minerales, pieles, etc.

   Algo más tarde pudimos apreciar la destreza, la creatividad y la belleza, tanto en una factoría de joyas y trabajos con minerales y piedras preciosas, como en la fabricación manual de ricas alfombras, y de la propia seda, desde la cría de los gusanos, hasta el triste proceso para la obtención de la seda mediante la inmersión en agua hirviendo de los capullos con la crisálida viva dentro.

   En fecha tan especial como es el fin de año, ignorantes de la cultura y costumbres locales, dudamos de cómo entraríamos en el nuevo año, pero nos sorprendió la organización de la celebración especial, para los occidentales, que también fue secundada por las gentes locales de la región de Capadocia.   El lugar, una gran superficie circular culminada con una gran bóveda excavada en la roca volcánica a la que confluían  ocho bóvedas o salones abovedados que, formando una planta estrellada, sirvieron para acomodarnos siendo los asientos y las mesas también de roca tallada, tapizados con cojines,  manteles y alfombras,.

 

 

  Sobre los manteles de telas hechas a mano, decenas de platos llenos de comidas locales cubrían las mesas junto a cuencos llenos de distintos frutos secos, destacando los conocidos pistachos, aquí de gran tamaño y buen sabor. Unos originales vasos sobre platitos de colores salpicaban de color las mesas, dispuestos para recibir el vino, el té, el café turco, o el raki, un aguardiente de fuerte sabor y graduación que sirve para acompañar las comidas agregándole agua, lo que le da apariencia de líquido lechoso de muy agradable paladar.   La temperatura muy agradable en el interior, contrastaba con la nieve almacenada en el exterior que llevaba le termómetro hasta los 15 grados centígrados bajo cero.

   El ambiente se animaba por momentos cuando los músicos comenzaron con el repetitivo ritmo de la música turca, seguida de todos los ritmos que tantas veces habíamos oído en los documentales de lugares remotos.  Pronto, grupos de bailarines tomaron su turno con música del Cáucaso, después otros nos deleitaron con los bailes de los cosacos Rusos, dejándonos atónitos por su destreza y agilidad, posteriormente, también con ritmo trepidante, una bailarina nos mostró la famosa danza del vientre, compartiéndola con algunos de los asistentes, entre la simpatía del resto del público.

 

                                                      

 

 

El raki localmente se bebe como acompañante de las comidas, pero en la fiesta lo tomamos sin limitaciones, la animación subía e incitaba al baile de las danzas de fuerte ritmo, a nuestro sentimiento, y que estremecían nuestros cuerpos y, unidos de las manos bailábamos al unísono sintiendo el sonido de los tambores en nuestro pecho mientras la danza repetitiva nos hacía caer en una especie de trance feliz.

 

                                                                 

 

   Una interrupción nos sosegó  y preparó para una exhibición  especial, de tipo religioso, realizada por miembros de una congregación llamada de Los Derviches que, desde tiempos inmemoriales, realizan unas danzas en círculos, alrededor de una piel de cordero, girando también sobre sí mismo , con vestimentas blancas tras despojarse de unas túnicas negras representativas del mal, todo ello cargado de una fuerte simbología representando la piel de cordero al sol, los giros  son los de traslación y rotación de los planetas, el blanco simboliza la pureza y el negro al mal que, tras despojarse de él, queda lo puro.

   Casi a media noche vimos como alguien había conseguido unas cestas de uvas y las distribuía por las mesas, lo que nos produjo gran nostalgia a la vez que alegría.

   Como deferencia a los occidentales, cuando en España eran las 11 aún, sonaron las campanadas  y, todos de pié, cumplimos con el rito y brindamos una vez más con el famoso raki, lo que nos ayudó para salir al exterior para, entre gran alegría, risas y algo de nostalgia, asistimos a unos fuegos artificiales en conmemoración del año nuevo, lo cual no consiguió calentar el ambiente lleno de blanca nieve y brillante noche.

   La fiesta siguió hasta altas horas de la noche, entonces ya cansados y embriagados de música y bailes, nos desplazamos a nuestros respectivos hoteles, de amplias habitaciones y confortables calefacciones, televisión vía satélite y el máximo de comodidades.

 

 

   A nuestro regreso hacia Estambul, hicimos una visita general a la Ciudad de Ankara, Capital de Turquía, con cuatro millones de habitantes, dividida en la zona antigua de bajas y homogéneas edificaciones, y la parte moderna que contrasta con sus altos edificios y claro estilo occidental.  Muy interesante es el Museo de las Civilizaciones de Anatólia, recorrido desde los tiempos primitivos hasta los recientes de esta interesante región, albergando desde esculturas primitivas dedicadas a la vida, Cibeles, hasta los restos de Constantino el Grande, fundador de Constantinopla, hoy Istambul.

 

                                                                                  

 

  En un lujoso hotel céntrico, tomamos el almuerzo que, como siempre, terminamos con un exquisito café turco en la sobremesa, café finamente molido y hervido en cazo de cobre al que se le añade el azúcar que el interesado ha indicado previamente por lo que no debe moverse una vez servido ya que deja una buena capa de residuo que debe asentarse antes de su degustación.  A continuación seguimos el viaje en autobús durante varias horas, entre nieve, para llegar atravesando el gran puente colgante sobre el Bósforo, con sus 1.200 metros entre pilares, a Estambul, la gran ciudad llena de vida, asomada al mar, que nos acogerá de nuevo para dejarnos su recuerdo imborrable y unos deseos inmensos de volver a ella para seguir disfrutando de todos sus encantos.

   El cansancio empieza a desaparecer a la vista de tanta actividad, coches, tiendas, luces...tras un breve descanso en el hotel, el tiempo necesario para tomar una reparadora ducha y poco más, tomamos un taxis que, en unos cuarenta minutos, nos lleva a las puertas del lujoso hotel Mármara, lugar de cita con otras personas del grupo. Este hotel está situado en una zona céntrica y alta de la Ciudad, y tiene 20 plantas de altura por lo que ofrece unas vistas espectaculares      

 

                                                                                                                                                     

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