India, impresiones de un Pais.
Delhi.
Agosto 1.983.
AUTOR:
José Enrique González (www.JoseEnriqueGonzalez.com)
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tanto de los textos como de las fotos, pertenecen al autor, por lo que está
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Hace mucho calor, hoy es 19 de julio de 1.983 y,
como premio a la constancia y a la ilusión mantenida, comienza a realizarse un
sueño proyectado hace unos cinco años atrás.
Oriente siempre nos atrajo. Su
lejanía avivaba el exotismo de sus costumbres, sus gentes, sus exuberantes
paisajes, sus encantadores de serpientes, sus profundos y pensativos lamas y el
impactante color de sus vestimentas.
Sobre el mediodía empezamos
desplazándonos hacía
Madrid en un tren
Talgo en el que nos liberamos de las altas temperaturas reinantes en el Sur. Nos redituamos por habernos asignados asientos
distantes, consiguiéndolo gracias a la amabilidad de los pasajeros, pues
necesitábamos compartir nuestro proyecto y empezar a gozar con las expectativas
del apasionante viaje.
Aprovechamos para reponer fuerzas
almorzando, tras lo cual descansamos hasta la llegada a la estación de Atocha,
donde nos volvió a sorprender un fuerte calor que humedeció instantáneamente
nuestras ropas mientras buscábamos con nuestras miradas entre la multitud que
se agolpaba a la salida, a unos amigos que no aparecieron.
Nos dirigimos en taxis a
nuestro hotel, Clarige, desde donde localizamos a los amigos referidos, y nos
citamos para el día siguiente. La cena
fue acompañada de un sinfín de comentarios sobre la programación, aparte de
unas grandes copas de fría cerveza que nos ayudó a hacer mas corta la espera
para partir.
El desayuno junto a los amigos
se compuso de horchata, tartas de
manzanas, pastelitos, tostadas y café, tras el cual nos llevaron, atravesando
Madrid, hasta la zona de salidas internacionales del aeropuerto, donde buscamos
al representante de la mayorista de viajes que nos facilitó los billetes y
demás documentación, así como unas bolsas de viaje con el anagrama de la
compañía. Fuimos presentados a un señor
de rubias barbas y aspecto corpulento llamado Juan que fue el guía que nos
acompañó todo el recorrido.
Facturamos dos maletas y nos
quedamos con las mochilas de mano para llevar lo mas personal, y conocimos al
resto de las personas que realizarían el viaje con nosotros, nueve procedentes
de Zaragoza, un chico de Vitoria y un andaluz residente en
Barcelona.
Esperamos impacientes la hora
de embarque, comentando con otras personas que habían realizado el viaje
anteriormente, esos pequeños detalles tan importantes a la hora de desenvolverse
en otras culturas y costumbres tan desconocidas. A las 13,30 nos anuncian el embarque del
vuelo LH-163 con destino a Frankfurt para lo que accedimos a través de los
pertinentes controles para tomar
nuestros asientos y partir puntualmente a las 14 horas.
Nos sirven el almuerzo que nos
gusta, pues incluye salmón ahumado que es de nuestra preferencia y lo
acompañamos con cerveza y terminamos un caliente té mientras vemos a nuestros
pies unos impresionantes picos nevados y, al poco tiempo, una gran ciudad ,
multitud de lagos de cristalinas aguas, grandes zonas verdes, etc. Volamos
sobre Suiza.
En poco tiempo, se suceden las
grandes masas verdes de bosques de
El aeropuerto es de unas
dimensiones colosales, lleno de pasillos mecánicos, pantallas de información,
ordenadores para uso público donde, con relativa facilidad, se puede consultar
las incidencias de cualquier vuelo. Nos
tenemos que desplazar a otro punto para localizar el próximo vuelo, lo que nos
lleva unos 40 minutos de pasillos y escaleras mecánicas hasta llegar a unas
grandes salas cercanas a la puerta de embarque, donde esperamos en cómodos
sillones dejando que el fresco de los aires acondicionados nos relajen y hagan
mas llevadera la espera de la partida de nuestro vuelo LH-694 que partirá a las
17,35 con destino a Bombay, y después hacia Delhi. Visitamos algunas tiendas y tomamos unos refrescos
hasta que, por fin, accedemos a un gran avión dividido en tres zonas y con
nueve asientos por fila y dos pasillos, teniendo una pantalla de proyección de
cine, en cada zona. Las plazas son
cómodas, algo reclinables y con los mandos correspondientes para sonido de
pantallas, música, luz para lectura, aire acondicionado, etc.
Tras el despegue, nos entregan
unas suaves mantas y, al poco, unas apetitosas bandejas de comida en las que se
empieza a aparecer un toque del exotismo de nuestro lugar de destino.
Nuestros relojes, aún con nuestro
horario, marcan las 19,30 y observamos que ya es de noche cerrada debido a que
viajamos a
A las 0,30 el movimiento de las
azafatas con los carros de distribución nos despierta y nos entregan una
bandeja con salchichón, queso, paleta cocida, macedonia de frutas con yogur y
miel, bollo de leche con mantequilla, mermelada, pan especial y normal, zumo de
frutas y café ¡no está nada mal!
A las 2,30 comienza a amanecer,
que corresponde a la hora local de las 6,30 de la mañana.
Mas tarde, el avión comienza a
descender lentamente hasta aterrizar en una inmensa ciudad, Bombay, tocando así
tierra Hindú por primera vez, apreciándose una elevadísima temperatura y una
gran humedad ambiente que dificulta la función de respirar. Hacemos una escala técnica hasta las 9,30
que parte el vuelo IC-185 con destino a la legendaria Delhi, siendo éste vuelo
agradable tras unas dos horas de
trayecto, que nos pone algo nerviosos por tratarse de la etapa última para
nuestro primer destino.
A la salida, un fuerte golpe
de aire extremadamente caliente nos llama la atención y nos hace sudar,
pensamos que se trataba del aire expulsado por los reactores del avión, pero,
en realidad, era la temperatura local acompañada de una fina y templada
llovizna que elevaba el grado de humedad y potenciaba el fuerte calor de la
estación de las lluvias.
Recogimos nuestros equipajes,
pasamos los controles pertinentes y los trámites de aduana y tomamos el autocar
que nos esperaba para, atravesando la inmensa Ciudad, dirigirnos a nuestro hotel.
En el trayecto nuestros ojos no
daban crédito a lo que veían, mirando aquí y allá, percibiendo una especial luz
única de esta Ciudad y oyendo los graznidos de los numerosos grupos de cuervos
que se desplazaban al amanecer.
Los núcleos de chabolas se
sucedían entre zonas con bloques de 3 o 4 plantas cubiertos de moho y rodeados
de ropas tendidas.
Grandes carteleras acompañaban
el trayecto anunciando películas con jóvenes muy pintadas. Atravesamos zonas constituidas por tenderetes
llenos de gentes con coloridas ropas que se movían de uno a otro lado comprando
y vendiendo.
El hotel nos impactó por
tratarse de un gran palacio al que accedimos a través de sus cuidados jardines
y al que esperábamos llegar para descansar del largo viaje, y librarnos de las
mojadas vestimentas.
El hotel presenta en su
entrada un gran porche y se encuentra instalado en un anterior palacio
acondicionado lujosamente con grandes salones, columnas, mármoles y muchas
alfombras de vivos colores. En su
entrada nos reciben unos engalanados porteros con turbantes rojos, vestimenta
blanca inmaculada, largo pelo y bigotes recogidos bajo los turbantes, y un
largo palo colgado de la cintura, como arma de defensa.
Tras relajarnos por el fresco
de los acondicionadores, recogimos las llaves de nuestra habitación y,
atravesando un largo pasillo, disfrutamos mirando las tiendas especializadas en
marfiles, sedas, joyas, etc. Hasta llegar a la puerta de la habitación situada
en la planta baja, y en la que un hindú esperaba nuestra llegada para
facilitarnos el acceso, proporcionarnos las maletas, destaparnos las inmensas
camas y dejarnos un termo con agua hervida muy fría.
La habitación con una
superficie de unos
Nos duchamos y quedamos
exhaustos sobre las camas hasta que despertamos algo más descansados y
dispuestos a tomar el primer contacto con nuestro nuevo y extraño entorno.
En un gran salón con una
artística montera de cristal, y rodeado de esbeltas columnas, nos reunimos con
parte del grupo y comentamos nuestras impresiones referentes al hotel, el
camino y las informaciones que teníamos cada uno, todo hasta la temprana hora
de la cena, la cual debíamos respetar para aclimatarnos a los horarios y
costumbres que habrían de regir los siguientes 23 días.
El restaurante, con grandes
sillones de mimbre blanco, estaba servido por multitud de camareros vestidos con
blancas ropas, y fajines y tocados de llamativos colores, que, al instante de
ofrecernos la carta, nos tomaron nota de la cena. Pedimos tres platos de comida típica india,
uno de ternera con curry de Madrás, vegetales a la Reina, compuesto por la mezcla
de varios cereales guisados junto a algunas semillas desconocidas por nosotros,
y unas gambas al tondoori, que se trata de un horno de leña realizado mediante
la introducción de una tinaja de barro, de grandes dimensiones, bajo tierra.
Unas cervezas indias de medio
litro, frescas, de poco sabor pero muy caras, mitigaron el picante de los
alimentos, y unos postres a base de piña natural y papaya con limón cerraron
nuestra primera cena en Delhi.
Nos llama la atención la labor
de cortar el césped de los jardines que se contemplan a través de las grandes
cristaleras del restaurante, pues lo hacen con una máquina corta césped, pero
tirada por cuatro hombres y uno detrás guiando el aparato. Posteriormente nos aclararon que con este
sistema el coste era inferior a adquirir combustible para el motor.
La sobremesa, junto a un par
de personas del grupo con las que intercambiábamos impresiones, estuvo
acompañada de un excelente té indio, fresco y con mucho y exótico sabor,
servido en tetera de plata, a juego con toda la cubertería que, igualmente, era
una obra de arte finamente repujada y de gran tamaño y peso.
En esta relajada reunión,
acordamos unas 8 o 9 personas, dar un paseo ya que, nuestro guía indio,
perteneciente a la religión de los Sick, se ofreció a enseñarnos un templo que
tiene una gran cúpula dorada, perteneciente a esta religión, también pensamos
que era buena idea el pasear y sentir algo de fresco natural y no de los acondicionadores.
El joven guía era calificado
de Sick Mona, pues los sick tradicionales nunca se cortan el pelo de por vida
de ninguna parte del cuerpo, por lo que, tanto sus bigotes como sus barbas,
recogidos en trenzas, pasan bajo el mentón de izquierda a derecha y al revés, hasta la parte superior de la
cabeza, donde se anudan alrededor del moño formado por los largos cabellos así
recogidos.
Decidimos la salida y
recorrimos los alfombrados pasillos del lujoso palacio hacia la puerta, donde
unos porteros con llamativos turbantes rojos, nos facilitaron el paso al
exterior, a la India.
Sunil, el guía indio, poseía
un robusto auto de fabricación rusa, con un potente motor y brillante pintura
negra, modelo casi exclusivo en toda India, aunque existen tres versiones del
mismo, con diferentes tamaños.
Cuatro componentes del grupo
subieron con Sunil, para dirigirse al gran templo, que ya nos llamó la atención
al paso del autocar hacia el hotel, a la llegada. Los cinco restantes comenzamos a caminar respirando
un ardiente aire, a pesar de ser mas de media noche, conversando sobre el
extremo clima de aquellas latitudes.
Las calles solitarias iluminadas muy tenuemente, realzaban el oscuro
cielo y nos hacía respirar un ambiente de calma y tranquilidad.
Unos potentes faros de un vehículo, nos deslumbró y nos hizo parar. Se trataba de Sunil que, gentilmente, había
vuelto en nuestro encuentro para evitarnos el desplazamiento a pié. Nos apretamos para acomodarnos todos en el
coche que, rápidamente se adentró en las oscuras y solitarias calles de
Delhi.
Nos encontramos en una zona
residencial, algo a las afuera del centro y donde abundan los hoteles y algunos
chales de claro estilo inglés.
En poco tiempo llegamos para
reunirnos con el resto del grupo que nos esperaban al final de una calle sin
salida, bajamos del coche y, sorteando
innumerables charcos provocados por las
intensas y templadas lluvias, sentimos cómo algo saltaba a nuestros pies
golpeando nuestras piernas. Eran ranas
que abundaban en aquel cálido ambiente de fuertes temperaturas y alta humedad.
Todos juntos nos dirigimos,
tras Sunil, hacia el final de la oscura calle que nos conduciría a la entrada
al Gran Templo Sick. Subimos unos
escalones y quedamos perplejos. Ante
nuestros ojos apareció una gran explanada de mármol blanco inmaculado, formando
láminas de agua donde se reflejaban los blancos y altos minaretes. Con un gesto, Sunil nos indica que debemos
descalzarnos, y así lo hacemos sintiendo el fuerte calor acumulado en el
mármol, quedando sorprendidos al contemplar que, unas mil personas yacían sobre
el pavimento. Niños, ancianos y algunas
mujeres dormían sobre el mármol formando una masa humana, entre quejidos y
lamentos, o tal vez plegarias y súplicas, sin apenas ropas, tal vez esperando
la muerte, tal vez soñando un futuro mejor, con el único objetivo de satisfacer
sus necesidades mediante unas bolitas dulces que, a diario, les ofrecían los
generosos sick.
Pasamos entre los cuerpos
hasta la entrada al templo, donde varios hindúes, ricamente vestidos, fregaban
las columnas recubiertas de azulejos muy artísticos. Se trataba de feligreses que, de esa forma,
mostraban su humildad y sumisión ante su Dios.
Entramos bastantes cohibidos, a la vez que sobrecogidos y respetuosos
dirigiéndonos hasta lo que nos pareció el altar mayor, donde una imagen, junto
a algunos elementos simbólicos, lucían iluminados por multitud de velas.
Sunil nos explicó algunos
aspectos de la divinidad y, al preguntarle por la utilización de una lujosa
habitación, con cortinas de seda pintadas a mano, iluminada con una tenue y
parpadeante luz interior, nos aclaró la imposibilidad de visitar esa estancia,
ya que su Dios dormía en ese momento, en su morada. La explicación nos sorprendió enormemente,
pero nuestra admiración ocultó nuestros pensamientos.
Contemplamos bellas pinturas
realizadas en los muros y, ya en el exterior, vimos cómo se recortaba en el
oscuro cielo de la noche en Delhi, una gran cúpula recubierta de oro que
reflejaba la escasa luz ambiente con matices dorados, y que da nombre a este
conocido templo.
Acordamos tomar unos helados
que calmaran el sofocante calor, para lo que nos volvimos a dividir en dos grupos,
uno acompañaron a Sunil, y otros tomamos un taxi, es este caso se trataba de un
motocarro preparado para el transporte de pasajeros, aquí llamados tuk tuk.
Regateamos largo rato el precio
del trayecto hasta llegar a un acuerdo y, subiendo al rudimentario transporte,
nos dirigimos entre un fuerte ruido del motor y el aire caliente que golpeaba
nuestras caras, hacia La Puerta de la India, monumento en el que se encuentran
esculpidos los nombres de los caídos en la segunda guerra mundial, y contra Pakistán.
El monumento es de grandiosas
dimensiones y se encuentra esculpido con los nombres de los caídos antes
citados, en su totalidad, y está custodiado día y noche, por un cuerpo de
soldados que hacen guardia ininterrumpidamente.
En las proximidades, unos
toscos carritos vendían helados, unos “polos” de fabricación casera que no
ofrecían seguridad higiénica ninguna, pero el sofocante calor nos hizo sucumbir
y compramos varios, algunos con sabor a mango, que nos refrescaron evitando que
se agrietaran nuestras gargantas.
El regreso lo organizamos en
dos tuk tuk que nos costaron menos tiempo de regateo, al tener la referencia de
la ida. A buena velocidad y percibiendo
el calor del motor y del aire en nuestros sudados cuerpos, recorrimos el oscuro
camino de regreso, bien agarrados a las finas y sucias barras de hierro del
primitivo taxi con asientos plastificados.
Llegamos al hotel, pagamos los
taxis y nos despedimos de Sunil hasta dentro de unas horas, pues nos
acompañaría a las visitas programadas.
Recorrimos los alfombrados pasillos hasta entrar en la fresca estancia
y, tras tomar una reparadora ducha, caímos exhaustos en las grandes camas que
nos esperaban destapadas con mimo por los empleados.
Al poco tiempo, al menos eso
nos pareció, el suave pero incansable e intermitente sonido del despertador,
nos hizo reconocer un impresionante ruido de pájaros exóticos que penetraba a
través de una gran ventana, que daba a un espléndido jardín de verdes y húmedas
plantas de anchas hojas, sobre las que se oía el monótono gotear del agua que
las regaba. En pocos minutos sonó el
extraño tono del teléfono, avisándonos en ingles, la hora de levantarnos.
Eran las seis de la mañana, el
sol brillaba ya desde hacía algún tiempo y, tras arreglarnos, nos dirigimos al
suntuoso comedor donde nos ofrecieron un buen desayuno con tostadas,
mantequilla de muy buena calidad y sabor, servida en unos recipientes de plata,
muy repujados, con doble fondo de cristal donde había hielo picado para
mantener la forma de las hojas formadas con la mantequilla, varias mermeladas
de frutas exóticas, te o café, algún pastel y zumos naturales de naranja y
piña.
Nos reunimos con el grupo y,
en la puerta del hotel junto al engalanado portero, subimos a un autocar con
fuerte aire acondicionado, conducido por un sick, y donde nos esperaba ya
Sunil, nuestro guía hindú, dispuesto a acompañarnos en las próximas visitas.
Juan, nuestro acompañante y
guía en todo el viaje, organizó las visitas junto a Sunil y, al momento
partimos, llenos de ilusión y con los ojos bien abiertos.
Salimos cruzando los jardines
del hotel y empezamos a circular hacia Nueva Delhi, pasando por calles repletas
de bicicletas que circulaban en todas las direcciones, esquivando los rickshaws
que son unos precarios taxis tirados con una bicicleta, siendo muy abundantes
porque son mas baratos o a los tuk tuk (motocarros taxis), y bordeando a las
vacas que, con frecuencia, se echan en las calzadas, pasando por lo escasos
semáforos independientemente del color en que estuviesen, viviendo intranquilos
este aparente caos, incomprensible para nuestros comportamientos, pero que no
produce en esta caótica circulación, atascos o accidentes frecuentes.
Durante el trayecto no vimos
señales de tráfico, estando las calles ocupadas por miles de personas en todas
direcciones, repletas de vida y color aportado por las sedas de los llamativos
y coloristas saris, seda de unos
Atravesamos una zona de
mercado, donde los hindúes, sentados en el suelo tras grandes cesta de mimbre,
intentaban vender a toda costa sus géneros.
En las grandes cestas se presentaban frutas frescas, exóticas, de
grandes tamaño, de variados colores, entre las que reconocíamos las papayas,
mangos, plátanos y pocas más.
El otro tramo del recorrido,
nos fijamos en unas pequeñas habitaciones elevadas del suelo, construidas en
madera, con unas medidas de tan solo unos 2 x
Algunos vendían sedas estampadas a mano, otros se dedicaban a los cacharros propios de las cocinas, algunos presentaban una cruz roja pintada sobre la madera y se dedicaban a la venta de medicamentos, cumpliendo además la función de consulta médica normalmente realizada por un curandero ataviado con un pobre kurta de algodón blanco y, sobre sus mejillas, algunos trazos de colores cuyo significado no llegamos a entender, rodeados de montones de hojas, algunas secas y otras verdes que son usadas como envoltorio de pequeñas ligas de diversas especies escogidas según la enfermedad de cada paciente, sobre los tableros, con funciones de estanterías, resaltaban botes con líquidos de diferentes y llamativos colores, a modo de jarabes .
Otros hindúes estaban dedicados a escribir cartas o documentos por pequeñas cantidades de dinero, y también, a las consultas jurídicas, por especialistas en el tema.
Recorrimos bastantes lugares
de Delhi, entre ellos algunos impresionantes templos, y en los desplazamientos
nos cruzamos con faquires, hipnotizadores de serpientes, levitadores o yoguis callejeros.
A media mañana, todo el grupo
nos reunimos y fotografiamos, ante un monumento funerario a Mahatma Ganghi, en
el que se conservan parte de sus cenizas , y desde donde partieron diversas porciones
de ellas para ser arrojadas en los principales ríos de la Tierra, menos en uno,
no recuerdo cual, pero se comenta que el asesino del Mahatma pidió que sus
cenizas al ser incinerado, fueran esparcidas en este río.
En los jardines que rodean el
histórico monumento, entre el césped y los árboles de achoka, corretean
multitud de diminutas ardillas, del tamaño de un pajarillo, buscando la sombra
de las grandes hojas que las proteja del intenso calor que agota nuestras
fuerzas y adormece nuestros sentidos, pues ni a la sombra se encuentra alivio y
hasta el aire que respiramos molesta nuestros pulmones por su elevada
temperatura.
A la vuelta al autocar,
estremecimos al choque de temperatura del intenso aire acondicionado, nos
acomodamos y partimos para realizar una interesante visita al llamado Fuerte
Rojo nombre adquirido por el color de la tierra de la que están compuestos sus
adobes que forman una robusta muralla para proteger todo el recinto, cuyo uso
actual incluye un gran bazar compuesto por multitud de pequeños comercios en
los que se venden las mas variadas mercancías, desde finas y elegantes sedas,
hasta cuadros, teteras o artículos de alimentación.
En el camino, las calles están
repletas de gentes, vacas, motocarros, taxis, bicicletas, peatones y los
conocidos rickshaws que se entremezclan sin concierto aparente, y que producen
una sensación de caos de la que parece imposible que la circulación siga su
flujo y que nuestro autocar avance entre la maraña que ocupa la totalidad de la
calzada.
En los tramos que atravesamos
por zonas verdes o jardines, se veían frecuentemente unas grandes madejas de
algodón, inmaculado, prendidas de los salientes de las verjas, para que se
secaran bajo el abrasante sol.
En treinta minutos llegamos
ante las grandes puertas de acceso al Fuerte, descendemos y nos rodean y
acompañan una multitud de niños y otros vendedores, incansables, que nos
ofrecen las mas variadas mercancías, mientras miramos a un grupo de mujeres
hindúes ataviadas con los coloristas saris de seda y que resaltan
espectacularmente sobre el fondo oscuro de las murallas.
La gran puerta de acceso da
comienzo a un paso de piedras que nos introduce en el recinto, caminando lentamente,
nos salpican de cal tintada roja, proveniente de unos obreros que adecentan el dintel y los
pasillos de entrada.
Los pequeños comercios se
sitúan a ambos lados de un gran espacio central, con sus dueños en las puertas
intentando atraer a los clientes, ofreciendo los mejores precios y asegurando
que “aquí se engaña menos”, haciendo imposible el ojear los géneros o los
precios, por lo que nuestro guía, tras conversar con varios de ellos, suponemos
que negociando su comisión, nos indica cuales son de confianza y los que nos
aseguran una buena calidad y garantía.
Como signo de amistad, nos ofrecen fríos refrescos, campacola, lincas,
diversos té etc. y para que, sintiéndose cómodo, el cliente tenga serenidad para
mirar tan variados productos que tan apetecibles se ofrecían entre el fresco de
los ventiladores instalados en paredes y techos.
Entre tanto género, nos llamó
la atención unas pinturas realizadas sobre seda e iniciamos la compra, lo que
implica regatear hasta el agotamiento.
Tras 45 minutos llegamos a un acuerdo económico por comprar unas 15
pinturas para varios compañeros del grupo, tras lo cual y con una fresca bebida
en las manos, conseguimos como regalos, unos joyeros realizados en papel maché
decorados con alegres temas orientales.
Individualmente visitamos
algunos comercios con multitud de mercancías de las mas diversas variedades,
todo entre las abrumadoras ofertas de los dueños de las tiendas por donde
pasábamos.
Al salir del recinto, volvimos
a fijarnos en unos cuadros, tamaño postal, realizados sobre láminas de marfil
con motivos de iniciación de personajes históricos y con una gran profusión de
detalles. Nos interesamos nuevamente
por los precios y, al pedirnos importes muy elevados, salimos del edificio
hacia el autocar que nos llevaría al hotel, donde lo más ansiado era tomar una
refrescante ducha que calmara nuestra desesperación ante el insoportable calor,
y así estar algo más relajados para disfrutar del exotismo de las comidas que
degustaríamos para almorzar.
El comedor presentaba el
aspecto impecable de cada día, luciendo la pesada cubertería de plata así como
sus complementos, como salseras, saleros, etc. y al momento, solicitamos comida
típica de la zona, acompañada como siempre de pan ácimo, llamado aquí nan, y
una gran botellas de fresca cerveza para tolerar el picante de los alimentos
que tanto nos place.
Tras el copioso almuerzo nos
dirigimos, con andares cansados por el intenso calor soportado por la mañana y
el poco dormir, hacia nuestra habitación por los frescos y alfombrados
pasillos, comentando las maravillas vistas en la mañana.
Dos hindúes con blancos
turbantes nos abren la puerta y conectan los ventiladores y el aire
acondicionado. El termo de agua hervida
estaba lleno, las camas destapadas delicadamente y el perezoso girar del
ventilador del techo, movía el fresco aire e inducía a un merecido y cómodo
descanso, aunque sólo disponemos de una hora, pues tenemos que seguir
disfrutando de las apasionantes visitas que nos esperan.
El reloj marca las cuatro y
media y, al salir a los jardines del hotel equipados de máquina fotográfica,
tomavistas y bolso de viaje para posibles compras, nos vuelve el temor al
cansancio que nos produce la intensa evaporación que provoca el calor reinante.
Nos encaminamos hacia un lugar
que nos habían indicado donde se ubicaba un mercadillo de refugiados tibetanos
que ofertaban productos propios de su región. En el terrizo camino que constituía
el acerado, yacían a la sombra de los altos árboles, unos taxistas a la espera
de clientes, reposando sobre unos precarios somier hechos con maderas y
cuerdas.
Mas adelante, unos pequeños
talleres de bicicletas instalados sobre unos tablones y chapa oxidada, daban
cobijo a un empleado que trabajaba bajo la suave brisa que proporcionaba un
rápido ventilador.
El camino se nos hacía más
largo de lo esperado y, cuando dudábamos de seguir, comenzamos a ver una
multitud de pequeños tenderetes, llenos de multitud de mercancías y de personas
comprando los mas diversos cachivaches.
Las vendedoras están ataviadas
con vistosos saris muy coloristas y llamativos y presentando en sus frentes las
rojas tikas. Sentadas en el suelo venden sedas cuidadosamente pintadas a mano
con luminosos colores, así como mantas, pañuelos o bolsos con pequeños espejos
que reflejaban el fuerte sol de la tarde.
Mezclándonos con la multitud,
entramos en los primeros tenderetes atiborrados de cacharros hechos en bronce,
latón o cobre y algunos en aluminio.
Los vendedores nos acosan
intentando vendernos cualquier cosa una vez que detectan nuestro interés por
algún género.
La cámara de foto y el
tomavistas captan las originales escenas sin cesar.
Unos pasos más adelante, un
pequeño y destartalado carrito de madera, pintado con dibujos que parecían ser
de épocas muy anteriores, presentaba un
recipiente empotrado en la superficie superior que sobresalía de ella, en el
que se encontraba un revoltijo de amarillo arroz de dudoso aspecto y que con un
cucharón, algo desgastado y amarillento, era repartida a los compradores que
hacían cola alrededor en unos originales platos: trozos de hojas de un árbol
llamado betel. Los comensales, tras
degustar su cena que, por supuesto era cogida con los dedos de la mano derecha,
a modo de cuchara, se limpiaban en un trozo de paño que, próximo al improvisado
y móvil restaurante, colgaba de una oxidada puntilla clavada en un árbol
cercano, tenía aspecto como de paño almidonado y su color no se apreciaba bajo
la capa de grasa acumulada.
Observando con curiosidad
tienda tras tienda, cruzamos unas calles y regateamos en una de mejor aspecto,
por unas camisas de algodón puro bordado y, después de unos 20 minutos, las
adquirimos por un importe aproximado equivalente a 450 pesetas cada una.
En un cobertizo próximo
confeccionaban Kurtas en algodón puro (especie de traje ancho muy apropiado
para soportar el fuerte calor), todo a medida y por el módico precio
equivalente a unas 400 pesetas.
Al otro lado de la calle había
un grupo de frágiles locales atestados de público y, aunque su aspecto algo
occidental nos desilusionó, entramos en una pequeña tienda donde se vendía de
todo y nos interesamos por un perfume y, al instante, sonó una canción
interpretada por el famoso cantante español, Julio Iglesias como signo de
bienvenida al conocer nuestra
procedencia.
Nos atendieron con simpatía
vendiéndonos algo poco habitual, tanto por el precio, como por la cantidad de
venta, un frasco de perfume de caballero, todo ello mientras intentábamos
bebernos unos linkas (especie de Fanta a lo hindú) entre la multitud que nos
rodeaba.
Unas voces y un gran revuelo se
produjo en las inmediaciones, lo que se tradujo en una gran sensación de
inseguridad en un lugar tan apartado y lejano, y sin entender el lenguaje
local.
Hicimos tiempo dentro de una
pequeña tienda de bolsos hasta que se aproximaron unos policías en viejas motos
y un coche patrulla, que restablecieron el orden alterado por un pequeño robo en uno de los
comercios devolviendo la normalidad en la calle, y las personas con sus coloridos
saris o con los sucios kurtas y lucidos turbantes, volvieron a entrelazarse en
sus caminos dando un aspecto caótico a una multitudinaria masa humana en
continua ebullición.
En nuestro paseo, nos
abrumaban vendedores empeñados en admirarnos con unas agujas que, picoteando
una tela, hacía bonitos bordados de vivos colores, o lo barato que eran unas
rudimentarias marionetas. Otros
insistían incansables, sobre todo chicos de corta edad, en limpiar nuestros
zapatos, y para provocar la necesidad, observamos que algunos portaban en su
mano izquierda, oculta en su espalda, excrementos de vaca que de manera
imperceptible, colocaban sobre los zapatos para ofrecerse a limpiarlos y
dejarlos brillantes por unas cuanta rupias.
Se hizo tarde y emprendimos el
regreso al hotel pasando por rudimentarios puestos ambulantes que vendían
frutas tropicales.
Nuestra cámara captaba las
coloristas escenas que nos rodeaban y, en el camino, nos cruzamos con un
compañero de viaje, Fernando, algo trastornado pues contó que unos hindúes le
ofrecieron fumar en una gran pipa, lo que hizo y, posteriormente, lamentó. También nos comentó que adquirió varias
piezas de mango a 2 rupias, pero al intentarlo nosotros no bajaron de 3 por
pieza, por lo que rehusamos de comprar.
Una amplia puerta daba paso a los
jardines del hotel y, tras cruzarlos, nos facilitó la entrada el respetuoso,
servicial y gentil portero de lujosa indumentaria y rojo turbante.
Recorrimos los alfombrados
pasillos que discurrían entre tiendas hasta la zona próxima a nuestra estancia,
en cuya puerta nos esperaba un empleado con colorido turbante y rojas
vestimentas, que nos solicitó las llaves para facilitarnos la entrada, cambiar
el agua hervida por otra fría, destapar las camas, conectar el aire
acondicionado y encender el lento ventilador del techo para difundir el fresco.
Respiramos hondo al quedarnos
solos y poder aliviarnos del sofocante calor, con una buena ducha, y relajar
nuestros castigados músculos por unos instantes en las confortables camas y el
susurro de la música ambiental, hasta que nos volvió a la realidad la
implacable alarma del reloj de pulsera.
Repuestos y con mejor aspecto,
nos dirigimos al gran salón con pórticos de columnas, y donde el monótono
susurro del girar de unos ventiladores semiocultos, crean un ambiente relajado
y agradable, para esperar a algunos compañeros de viaje, tomar alguna copa,
cambiar impresiones y contarnos experiencias, hasta la temprana hora de la cena
.
Unos camareros lucían
llamativas y exóticas vestimentas, sus grandes turbantes rojos que resaltaban
sobre el blanco inmaculado de la ropa.
Pasamos al comedor acompañados
por dos jóvenes hindúes amigos de nuestro guía, y que esta noche cenaran con
nosotros.
Ceremoniosamente, somos
atendidos y servidos, comenzando la cena con unos entremeses muy picantes que
nos induce a tomar la mala, pero refrescante cerveza fabricada en Bombay.
La cena fue exquisita,
abundando las ensaladas, vegetales cocinados acompañando a carnes, brochetas de
langostinos, como es habitual, muy picantes, postres compuestos por frutas y
helados, y al final, el delicioso te indio servido en la artística vajilla de
plata.
Hablamos con los acompañantes
sobre las costumbre y riquezas de la India, sus negocios, sus familias, pero
todo su interés se centraba en leer el porvenir a las chicas, tocándoles las
manos con la excusa de la lectura. A
continuación pasamos a un salón más pequeño, profusamente decorado y con suelo
de blanco mármol, situado en alto respecto al restaurante, con mesas redondas
sobre vástagos metálicos. Nos volvieron
a servir te y café mientras los invitados hindúes estrechaban amistad con
algunas componentes del grupo, mientras aumentaba el brillo de sus ojos, y sus
manos se alargaban.
La sobre mesa se prolongó un
par de horas, manteniendo las conversaciones con los invitados parte hablada y
parte mediante gestos, lo que hace divertida la noche hasta que Leny, mi
esposa, leyó las manos de los hindúes adivinándoles su condición de
comerciantes y otras interioridades familiares que dejaron perplejos a ambos y,
un poco aturdidos, nos invitaron a una sala de fiestas , a la que rehusamos de
ir agotados por el intenso día y el sofocante calor de Delhi.
Al siguiente día hicimos una
visita panorámica de toda la ciudad, tras la cual, cuatro personas fuimos otra
vez al Fuerte Rojo para adquirir algunos regalos y seguir interesándonos por
los marfiles pintados, lo que nos costó hasta el medio día sin llegar a un
acuerdo.
Por la tarde decidimos volver
para terminar con las negociaciones, para lo que discutimos el precio con un
taxista y, junto con Fernando que se ofreció a acompañarnos, indicamos al
chofer y su acompañante que nos llevara a Red Fort. En el viejo vehículo recorrimos las
calles conocidas, barrios nuevos, zonas más inhóspitas, hasta que nos paró en
un barrio de chabolas enclavadas en una zona terriza apartada de la parte
urbana, indicándonos que aquello era Red Fort, lo que negamos como podíamos,
pero al parecer, no nos entendían.
Una multitud curiosa rodeó el
taxi, mirando por los cristales al interior.
Cientos de niños muy sucios y casi desnudos acudieron al espectáculo y
algunas jóvenes madres con los niños apoyados en las caderas, nos miraban con
extrañeza e inquietante curiosidad.
Bastantes asustados pero con
voz alta y firme, ordenamos en ingles que nos llevaran a la policía en
repetidas ocasiones y, algo entendieron que, poniendo en marcha el vehículo,
comenzamos a recorrer los caminos hasta que, delante de nosotros, reconocimos
la silueta del Fuerte Rojo que buscábamos y, nada más estar próximos a los
guardias de la gran puerta de entrada, abandonamos el vehículo para sentirnos
seguros y poder gozar del espectáculo que es este gran bazar.
El cuadro sobre marfil firmado
en el reverso por su autor, un conocido pintor hindú, aún estaba en el establecimiento y, como ya
teníamos avanzadas las negociaciones sobre su precio, llegamos a un acuerdo en
poco tiempo y, junto a unos llaveros de palo rosa, lo adquirimos para disfrute
de su arte y recuerdo de un viaje por el país de las mil y una noche.
La programación para la noche
incluía una representación de danzas y cantes típicos, a las que nos llevaron
en un confortable y muy frío autocar.
La representación teatral y
las danzas, se realiza en un amplio local donde la temperatura es elevadísima,
moviéndose el aire con unos grades y potentes ventiladores situados a ambos
lados del escenario, lo que sólo producía una corriente de aire caliente, y
debido a la hora que era, a la digestión del almuerzo y la temperatura, además
de las ininteligibles danzas y canciones, nos vence el sopor e incluso creo que
llegamos a dormirnos en algún momento.
Tras finalizar la función,
recorrimos con el autocar varias calles y plazas repletas de una multitud de
personas que se entremezclaban con otras en bicicletas, los taxis, las vacas
andando o echadas en medio de la calzada, todo en un aparente desorden caótico
que no evitaba la fluidez incomprensible de aquella informe multitud.
Un agente de tráfico intentaba
alternar el paso de los vehículos y personas con amplios gestos como de danza,
haciendo sonar constantemente su silbato sin parar conjuntamente con sus
movimientos coreográficos.
El atardecer enrojecía el
cielo en el horizonte y en su contraluz, se dibujaban las siluetas de los
grandes pájaros que regresaban a sus árboles, con un clamor de graznidos
ensordecedor, para pasar la calurosa noche.
Los grandes templos hindúes se
abarrotan de fieles al atardecer, y cientos de guirnaldas repletas de pequeñas
luces multicolores, cuelgan desde las cúspides de sus cúpulas hasta las
balaustradas de sus cerramientos, creando un ambiente festivo y multicolor que
favorece la magia de la oración.
En poco llegamos a una calle
principal, en la que se encuentra el lugar donde cenaremos. Se trata de un restaurante al aire libre,
llamado Moti Majal, en el que sobre la tierra apisonada y regada para
refrescarla, se encuentran unas mesas para ocho personas, con unos bancos de
madera como asientos.
No hay carta para solicitar la
comida, es un menú previamente diseñado y que incluye la especialidad de la
casa, que es el pollo, muy pequeño, hecho al horno tradicional hindú, tandoori,
aparte las ensaladas y brochetas de langostinos.
La forma de preparar el pollo
es con abundantes especias como el comino, y cilantro, jengibre, limón,
cúrcuma, así como el famoso curry, y al tener un sabor bastante picante, da la
impresión de que satisface poco, además de ser piezas de pequeño tamaño, por lo
que para los dos, pedimos ¡ocho pollos!
Como segunda parte tomamos
unas brochetas de langostinos de carne muy tersa y de aspecto poco reconocible
como tal, por lo que sospechamos que era serpiente, ya nos aseguraron que
tienen un agradable sabor con similitud al pollo en su textura, y dudando sobre
la procedencia la pusimos en duda a un camarero que, amablemente nos condujo
hasta una zona trasera, donde nos enseñó que los enormes langostinos eran
cortados longitudinalmente debido a su grosor, y despojados de la cabeza y cola
una vez pelados, perdían la apariencia de marisco, después eran ensartados en
una caña y entregados a un cocinero casi desnudo y de rodillas en el suelo,
para que lo introdujera con su mano, en el tandoori, horno compuesto por
una especie de tinaja enterrada en el
suelo, en la que mediante las brasas en él depositadas, hornean los alimentos
de una forma lenta y a una temperatura constante que tan buenos resultados culinarios reporta. El cocinero presentaba un brazo claramente
tostado de introducirlo en el horno, donde además se depositaban en su lateral
las tortas resultantes de amasar y estirar una masa de pan, para dar lugar al
nan, pan ácimo, y que hacen de uno en uno para que se consuma caliente recién
echo.
Aún no teniendo sensación de
saciedad, la cantidad de alimentos ingerida era importante, para lo que
pusieron varios recipientes conteniendo semillas de matalahúvas y azúcar en
cristales del tamaño de caramelos y que, masticados juntos, tienen un agradable
e intenso sabor a anís siendo muy digestivo.
La noche empieza a cubrir con
su negro manto el cielo de Delhi, ya no se oyen los graznidos de los pájaros,
el murmullo de la ciudad comienza a menguar y unos cables con bombillas
equidistantes se cruzan sobre nuestras cabezas, iluminando el recinto y evitando
la espectacular vista de un cielo poco contaminado, donde brillan parpadeantes,
miles de estrellas e irradia paz y tranquilidad espiritual en el País de los
gurús y santones, del yoga y la magia, que es India.
Así sentí India, así sentí Delhi.
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