India, impresiones de un País.
BENARÉS - VARANASI.
Agosto
1.983. AUTOR: José Enrique
González (www.JoseEnriqueGonzalez.com)
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primera hora de la madrugada miramos por la
ventana la impresionante tormenta que sobre
Agra se desata. Nos tenemos que trasladar al aeropuerto para
desplazarnos hasta
Acompañados por la fortísima tormenta con
multitud de relámpagos, iniciamos el vuelo que nos llevará a nuestro próximo
destino. El avión acusa la meteorología
propia de esta época de monzones, se mueve incesantemente y las fuertes
sacudidas a las que está sometido nos obliga a estar en los asientos y, a la
mayoría, desorienta y marea. Las
frecuentes perdidas de altura producen náuseas y el temor por la seguridad nos
hace estar en silencio, observando la evolución del tiempo y deseando que pase
el vuelo lo antes posible. Debido al
horario y con el fin de regular nuestros organismos, unas azafatas vestidas con
saris de pura seda, nos sirven una segunda cena. Los motores empiezan a bajar su potencia y
comenzamos a perder altura para realizar una escala técnica en la famosa ciudad
de Kajurhao, cuyo conocido templo es considerado como el máximo exponente de la
escultura tantrica y erótica india.
La inestabilidad se acentúa y nada se aprecia por las ventanillas, sólo una espesa cortina de agua y de fondo, la negra noche. Por un momento se aprecia bajo nuestros ojos el rápido paso de la pista. Estamos estabilizados y esperanzados en tocar tierra para esperar si el tiempo se hace mas llevadero, pero el roce de las ruedas se hace de rogar y sólo se aprecia transcurridos unos instantes y de forma brusca. Llevábamos sobrevolando la pista unos instantes, por lo que tomó contacto con tierra demasiado tarde para frenar del todo. El piloto intenta dominar la situación pero la longitud para el aterrizaje comienza a acabarse, por lo que toma la decisión de remontar el vuelo en evitación de salirnos a campo a través con inesperadas consecuencias. La pista está a punto de finalizar y, apurando la zona de seguridad consigue que el aparato comience a elevarse.
Todos somos conscientes del peligro corrido,
e ignorantes de lo que pasaría en la nueva situación. Nada se oye de los pasajeros. Las azafatas recorren los pasillos retirando
las bandejas de la cena y depositándolas debajo de los asientos, donde la
comida y las bebidas se esparcen por la lujosa moqueta que tapiza el suelo, y
nos indican que situemos las cabezas entre nuestras piernas y las abracemos con
las manos, como medida de protección ante un posible impacto.
Un silencio total deja oír los motores y el
estruendo de la tormenta, ahogándose en él los miedos y temores ante la
situación.
Otra vez en las alturas, el balanceo empieza
a mover el aparato como si fuera de papel y, realizadas las maniobras
necesarias, enfila pista nuevamente intentando a ultranza la estabilidad, cosa
difícil de conseguir por incrementarse la furia del monzón. Entre los vaivenes se aprecian luces de color
azul intenso delimitando la pista, una vez por las ventanillas del lado
derecho, y a continuación, por el lado contrario, lo que delata el movimiento
al que estábamos sometidos, llegando un momento que se aprecian también las
luces centelleantes de ambulancias y bomberos escoltándonos en la aproximación.
El silencio se hace sepulcral y nadie hace
ni un gesto. El tiempo de espera se
hace eterno hasta que, por fin, el avión estabilizado desciende en cabeza de
pista tocando tierra bruscamente y, con un fuerte rugir de los motores empieza
a frenar rodeados de bomberos y ambulancias para cualquier contingencia que la
situación auguraba. Una vez que la velocidad se hizo normal, todos los
pasajeros a la vez, como si de un pacto se tratara, aplaudimos fuertemente
entre suspiros y comentarios, rompiendo el silencio que nos acompañó toda la
maniobra.
Tuvimos que abandonar el avión para que se
realizara la limpieza después de la situación de emergencia y, a la salida, un
sick uniformado nos pedía disculpas, era el piloto, y al que mostramos nuestro
agradecimiento y reconocimiento de su destreza. En 90 minutos regresamos a nuestras plazas
para continuar el viaje, ya con mejor tiempo, hacía
Esta ciudad del estado de Uttar Pradesh, de
1.200.000 habitantes, es uno de los lugares de mas peregrinaje de
También es muy especial debido a que a sólo
Enseguida realizamos una visita general
mientras llovía con fuerza, el caos se apodera de las personas que, medio
desnudos algunos, corren para resguardarse en cualquier lugar cubierto. Las calles se convierten en unos ríos de
agua sucia y un olor nauseabundo impregna el ambiente Nos refugiamos debajo de un vuelo de una
tienda esperando una mejoría para seguir.
Frente a nosotros, un precario puestecillo
vende algo que nos llama la atención
pues, en un recipiente, de aspecto higiénico deficiente, el vendedor
ponía leche y la agitaba con unas raíces
durante unos minutos, después la servía a los compradores en sucios vasos y con
aspecto bastante mas gelatinoso.
Nos informaron que se trataba de un yogurt natural fermentado por la acción de las raíces, azucarado y de exquisito sabor llamado lashi, por lo que intentamos pedir un par de ellos pero la preparación era larga y no pudimos esperar, ya que la lluvia arreció y la muchedumbre invadió de nuevo las calles.
Debido al carácter de esta ciudad, no apreciamos diferencias entre las distintas religiones, sino todas las personas unidas bajo el mismo escenario, exceptuando la vigilancia policial en algún templo para evitar conflicto con los musulmanes. Las enormes diferencias entre castas está presente al igual que en toda india, y asumida como normal tras siglos de resignación.
Nuestra visita nos lleva a la universidad,
fundada en 1.916 y que ocupa un edificio grande y sobrio, con anchas escaleras
en piedra y pórticos con columnas de mármol.
En la planta primera se sitúa las enseñanzas de música y, en un espacio
abierto a la subida de la escalera, vimos como se estaban situando unos músicos,
equipados con el clásico sitar y las correspondientes tablas, y procurando no
hacer ruido, nos sentamos en el suelo de mármol, como otras muchas personas que
esperaban, y comenzamos a disfrutar de un autentico concierto de música hindú
que nos transportaba a un mundo tan oriental como fantástico, y que en este
caso era tan real.
Salimos a la realidad de la calle apartándonos para dejar paso a una camilla hecha con bambú que portaba el cadáver de una mujer envuelta en un sari de seda de llamativo color, y que la transportaban hacia la ceremonia funeraria que se llevaría a cabo en un ghat de los numerosos que se sitúan a orillas del Gran Ganga.
Los ghats son unas amplias escaleras de piedra que descienden hacia el río y en las que los peregrinos se sumergen para limpiar su alma, se bañan o se lavan la boca con unas raíces a título de cepillo dental, entre cenizas y cuerpos flotando en las aguas.
Existen cinco ghats especiales en los que
los peregrinos tienen que bañarse en orden y en el mismo día, siendo el mas
alejado el llamado Asi , todos a lo largo de unos
La luz del crepúsculo iluminaba el cielo con
un resplandor único, amarillento, alegre y triste a la vez, reflejándose en las
turbias aguas del gran río.
Entramos en una tienda, de aspecto muy antiguo, especializada en sedas y donde nos muestran muchos modelos, algunos realizados y pintados a mano con una especie de sello tallado en madera y que, mojado en las distintas tintas, deja su dibujo modular impreso en la tela. El vendedor pregunta a Magdalena por el perfume que lleva, pues son unos grandes amantes de los olores y, a pesar de manifestarle que sólo le quedaba medio perfumador de bolso, quiso cambiárselo por lo que constituye un sari, que son unos siete metros de seda pintada a mano y que, con maestría centenaria, saben ponerse las hindúes como un vestido, enrollándolo al cuerpo. Compramos varios con la intención de regalar y proseguimos nuestra visita a esta excitante ciudad, esquivando los excrementos de las vacas y oliendo a carne quemada procedente de las hogueras crematorias de los ghats.
Varanasi nos ha impresionado, la convivencia
de la vida y la muerte, de la pena y la alegría, del rito y la esperanza, nos
hace sentir plenitud y comprensión, pero es sólo el comienzo porque nos
aproximamos, aún con el resplandor amarillento y luminoso de un cielo cubierto
por oscuras nubes, a las hogueras con sus cortinas de fuego y humo elevándose
siempre hacia el cielo, de las piras funerarias situadas en los ghats,
indicando la liberación total de las almas del ciclo interminable de las
reencarnaciones.
Sobrecogidos, miramos como los familiares
despiden a sus muertos y, al aproximarnos a la luz de las llamas, vemos a
muchachos agachados recogiendo las cenizas y algunos huesos de su familiar para
purificarlos en las aguas del río sagrado.
No vemos escenas desgarradoras. Para el
hindú, la muerte es un paso más de la vida, y ambas, la muerte y la vida,
conviven de la mano en el Ganges hacia la esperanza, siendo la muerte un paso
hacia el principio de la siguiente o hacia la liberación de la rueda de las
reencarnaciones, alcanzando la iluminación.
Las cremaciones se realizan depositando el
cadáver entre una pira de leña, que si la familia es pudiente será de sándalo,
y si no, depositaran una pequeña bolsa de esta madera entre la destinada a la
cremación.
El tiempo que dura la combustión casi completa, puede ser de 4 o 5 horas y los dolientes tienen que realizar pagos a los sacerdotes por la leña y la ceremonia en sí. Una vez concluida, los restos de ceniza y las partes sin quemar, son depositadas en las aguas. Los barberos rasuran a los familiares y todos cantas distintas mantras. Al quedarse libre la pira funeraria, otra familia comienza un nuevo rito y comienza el circulo inacabable.
En las grises aguas flotan restos orgánicos
e inorgánicos, ramas, troncos, y cadáveres envueltos en sedas pertenecientes a
mujeres embarazadas, niños y personas muertas por picaduras de serpiente, ya
que no son quemados, pero se les suele equipar con un buen peso atado a los
cuerpos para que se hundan en las aguas que les conducirán al reposo eterno.
El día llega a su fin y las impresiones
recibidas no dejan que el descanso repongan nuestros cuerpos, pero el estado
febril nos agota y obliga a descansar porque, a las 4 de la mañana, comenzamos
el nuevo día que nos deparará nuevas
sensaciones.
Nuestro hotel se encuentra en una zona
moderna y se llega en pocos minutos al casco antiguo de la ciudad, y así nos
conducen a las 4,30 de la mañana para hacer un recorrido en barca por el
Ganges.
Las calles, a
pesar de la hora, están repletas de personas, muchas casi desnudas, algunas
dormidas en las aceras y otras dirigiéndose al río sagrado con las escudillas
en las manos. Las calles son muy
estrechas, con edificaciones muy antiguas y el olor sigue siendo muy fuerte
debido a las corrientes de agua que bajan por las pendientes, y que arrastran
gran cantidad de excrementos. Llegamos al
embarcadero y subimos a una gran barcaza cuando ya el cielo se tornaba
amarillento por la luz del amanecer.
Los ghats están llenos de personas y algunas realizan las abluciones en
el agua, sumergiéndose tres veces consecutivas, mientras otros se dedican a su
aseo personal, y otros beben el agua, de la que se comenta que no transmite
infecciones por ser sulfuroso su nacimiento, otros mantienen que pasan por
zonas de alta radioactividad que las “purifica”, también los hay que defienden
la teoría de
Comenzamos la navegación a contracorriente
para recorrer unos
A los ghats llegan sin parar cuerpos
envueltos en sudarios de distintos colores, y las hogueras se suceden a lo
largo del recorrido proporcionando un macabro espectáculo de luz y olor que
difícilmente se nos puede olvidar, tampoco sabríamos explicarlo, y solo se nos
ocurre definirlo como inolvidable, estremecedor y único.
En nuestro recorrido sobresalen los
minaretes de mas de
También pasamos por el moderno templo de
mármol de Tusi Manus, cuyas paredes están decoradas con escenas y versos que
cuentan la historia y las andadas del Sr. Rama, una de las divinidades de
Vishnu.
Un par de templos más sobresalen en
Benarés: El Templo Dorado, dedicado a
Shiva como Señor del Universo, cuya primera construcción data del S XVI, siendo
la actual estructura del año 1.776. El
revestimiento de oro que cubre las torres y que le da nombre, está constituido
por tres cuartos de tonelada de oro que fue suministrado por el maharajá de
Lahore.
Próximo al templo se encuentra “El pozo del
conocimiento”, muy visitado por los fieles, y en el que dicen que se encuentra
el lingam de Shiva que fue sacado del templo original para protegerlo en este
pozo.
El otro templo es el conocido por “El Templo
del Mono”, ya que en él habitan cientos de ellos, y de los que hay que recelar
porque es normal que arrebaten las gafas, bolsos o incluso muerdan a los
visitantes. Su nombre es Templo de
Durga, que es la faceta mala de Parvati, consorte de Shiva, el templo es
pequeño, de color rojizo y ocre y su construcción se llevó a cabo en el siglo
XVIII.
El recorrido por las aguas grises del Ganges
lleva a su fin, volvemos a las callejuelas estrechas y sucias de la ciudad, a
las tiendas, a deambular entre una multitud que se mueve sin cesar, pero nada
parece lo que antes nos pareció.
La óptica de las cosas y sus valoraciones
han cambiado con las experiencias vividas, las fronteras entre la vida y la
muerte se han difuminado y los sentimientos hacia los demás se han
incrementado. La tolerancia y la
comprensión se han establecido en nosotros como prueba de
Nos trasladamos en autocar hacia el
aeropuerto para localizar el acceso al vuelo IC-252, que nos alejará de India,
y nos conducirá a una zona próxima al techo del mundo, a una cultura distinta y
donde tenemos previsto de tomar tierra en nuestro próximo destino:
Katmandú.
Así sentí India, así sentí
Varanasi.
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